domingo, 7 de octubre de 2012

El ojo muerto: Weatherco (3)



-          Disculpe la interrupción Sr. Ibarra. ¿Puedo tutearle? -dijo el Sr. Mateu sonriente.

-          Sí por supuesto. -contestó  Estanis abrumado ante la resolución de su entrevistador.

-      Bien Estanis. A continuación te voy a explicar brevemente en que consistiría tu trabajo. Tenemos una central de recogida de datos meteorológicos y medioambientales en el archipiélago de las Lofoten, al norte de Noruega. En una de sus islas, la llamaremos número cuatro, se encuentra una cabaña de nuestra propiedad donde residirá la persona encargada de recoger y enviarnos los datos vía Internet. -Carraspeó, dio una larga calada al Montecristo y prosiguió- Durante tres años, si aceptas el trabajo, sólo verás al suministrador de provisiones. Dichas provisiones las tendrás que especificar en una lista antes de tu salida para los seis primeros meses, y a través de Internet durante la estancia en la Isla. Podrás disponer de todo lo que solicites sin excepción, siempre y cuando estén en el libro que te daremos si aceptas trabajar con nosotros.

Estanis escuchó con atención el tono de voz tan suave que utilizaba su interlocutor que se mezclaba con el inefable péndulo de Newton haciéndole caer en un sopor hipnótico que desmontaba cualquier posibilidad de alerta sensorial ante las posibles trampas retóricas que le tendiesen.
El Sr. Más continuó su oratoria:

-          En la Isla contarás con calefacción de gas y chimenea. La leña la encontrarás en un cobertizo en el cual debe haber carga suficiente para seis u ocho meses de estancia. Dispondrás de antenas para transmisión de radio, Internet y televisión. Un PC de última generación con todos los accesorios del observatorio sinóptico de superficie, una televisión, un home cinema para escuchar música y visionar cualquier tipo de película o mensajes que te enviemos vía e-mail, además del radiotransmisor y de todos los electrodomésticos necesarios para vivir con total normalidad en una casa.

Estanis le miró con gesto circunspecto, pero aliviado al haber finalizado el repetitivo traqueteo de las bolitas de la testaruda cuna de Newton.

-          Visto tu currículum sólo me queda hacerte una pregunta: ¿Estás seguro que quieres ir? El sueldo es magnífico -dijo sonriente a la vez que acercaba el Montecristo a sus labios y le propinaba una monumental calada, y exhalando posteriormente el humo hacia Estanis prosiguió- pero una vez firmado el contrato no podrás abandonar la Isla hasta que lo finalices.

Estanis dijo que sí sin meditarlo: necesitaba el trabajo y además de tratar de encauzar las últimas situaciones desastrosas que habían ocurrido en su vida, quería retomar su verdadera vocación. Anhelaba volver a escribir, y aquel lugar apartado dónde dispondría del suficiente tiempo libre para desarrollar las ideas que le surgían incontrolables, era su única vía de escape hacia el futuro por el que siempre luchó.
-          Me parece una excelente idea Estanis. Así que si no tenemos más que decir, te paso el contrato.

Estanis lo leyó por encima sin fijarse en ningún detalle y lo firmó con vehemencia. Su oponente rubricó el acuerdo con un enérgico apretón de manos mientras decía:

          -     Me alegra de tenerte en nuestra empresa Estanis. A partir de hoy dispones cuatro días para preparar tu marcha. Saldrás el próximo día 1 de Septiembre desde El Prat dirección Oslo a las 20:30 de la tarde. Allí tomarás un vuelo regional con destino Tromsö, y desde allí un helicóptero de la empresa te llevará hasta Stakkvik, dónde el capitán Gómez te debería estar esperando al mando del Alexandra. A continuación te acompañará la Srta. Ruiz y confeccionarás la lista de provisiones que llevarás. Te entrego este libro donde encontrarás todos los productos que puedes llevarte con su precio al lado, además de un cheque que limita la cantidad a disponer en la primera entrega. Por favor, siga a la Srta. Ruiz. Te deseo suerte en tu nuevo puesto de trabajo.
Y se despidió mientras paladeaba el peculiar aroma de su Montecristo y observaba sonriente a su nuevo empleado que permanecía absorto tras las insinuantes caderas de la atractiva secretaria.

-          Acompáñame a recepción por favor –dijo con voz suave y armoniosa mientras avanzaban – Siéntate en esta mesa y rellena la lista de productos, ¿vale?

Estanis asintió con ademán caricaturesco y ocupó la mesa para rellenar el cuestionario. Inspiró profundamente y cabeceó risueño: durante la pasada madrugada era un hombre  totalmente derrotado y ahora sólo tenía cuatro días para recoger lo básico y desplazarse al lugar más perdido y alejado al que jamás hubiese imaginado ir. Estaba nervioso, pero a pesar de las prisas, y de la extraña concatenación de circunstancias que había experimentado durante la mañana, su discernimiento no conseguía blandir una simple duda razonable que le hiciera rechazar o replantearse la provechosa ventura que le aportaría el singular empleo que acababa de aceptar.
Llevaba más de media hora confeccionando la lista y ya no le quedaba más crédito en el cheque, así que optó por entregar el extracto, que en esta primera instancia constaba, resumidamente, de: cinco jerséis alpinos de lana; tres anoraks en tonos azul turquí; dos chándales de algodón; tres pijamas de algodón; tres pares de botas para trekking; dos pares de zapatillas deportivas y otras tantas de babuchas de paño a cuadros marrones; veinte pares de calcetines, quince de lana y el resto de algodón; tres forros polares; dos gorros de lana, un pasamontañas y un trapper de piel sintética; dos chaquetones nórdicos; dos edredones; cinco mantas; cinco juegos de sabanas de franela; veinte toallas de distintos tamaños; una bata a cuadros amarillos y marrones; dos albornoces…Para no quebrarse mucho la cabeza, decidió que toda la indumentaria fuese del mismo color azul turquí que eligió para los anoraks: Fiambre enlatado variado; comidas precocinadas, tanto congelada como enlatada; verduras, pescado y carne congelados; gelatina de frutas, helados, yogur, café de la variedad Angola, tila, azúcar, galletas, tomate enlatado, patatas en diferentes formas, alubias, pan congelado, zumos de frutas congelados, especias, aceite de soja, vino de mesa…Calculó las cantidades necesarias para seis meses y recortó en algunos productos para poder añadir los extras: tres cajas de William´s Lawson, cincuenta cartones de Chesterfield blando, tres cajas de vino de Rioja y veinte cajas de cerveza Heineken en lata.
Al entregar el extracto, le comentó a la atractiva secretaria lo gratificante que era poder llevar cigarrillos y alcohol, y quiso saber si habría algún impedimento con los productos en la aduana, ya que al no pertenecer Noruega a la comunidad europea, estaría limitado el transito de dichos productos.

-          No te preocupes. Tenemos un acuerdo con el gobierno noruego para transportar los productos. Además, tampoco nos pondrán obstáculos burocráticos con los medicamentos que le enviaremos a la Isla.

Estanis la escuchó atento, mientras le subyugaba la certera percepción de estar escuchando la voz femenina mejor timbrada que había oído en toda su vida.

-          Acompáñame al departamento dónde te enseñarán lo que debes hacer en la estación meteorológica.

Siguió a la fascinadora asistente a través del grisáceo pasillo hasta la puerta anaranjada que se encontraba a la derecha. La abrió, y un señor que aparentaba tener unos sesenta años, con una prominente calva que quedaba eclipsada por el desgreñado cabello canoso ensortijado, grasiento, que le llegaba por los hombros, y en cuyo rostro destacaba una nariz gorda, arrugada y bastante colorada, lanzó su portentoso torrente de voz, el cual retumbó en sus oídos de manera arrolladora.

-          Buenos días Sr. Ibarra. Soy el Sr. Masfurroll, el encargado de enseñarle todo lo que tendrá que hacer en aquella Isla donde le mandan. Siéntese y escuche atentamente porque sólo lo diré una vez.

El Sr. Masfurroll se hizo el interesante mientras su respiración podía oírse a un kilómetro a la redonda.

-          Hay un jardín meteorológico, en el cual debería estar una garita similar a la que distinguirá perfectamente en el dibujo de la pizarra.

Estanis observó atentamente el dibujo y le pareció una caseta para pájaros, como la que tenía su tío Carmelo en el pueblo.

-         Allí se recogen los datos térmicos, pluviales y ventosos, así como el índice de radiación UVA, y los cambios atmosféricos durante las transiciones entre estaciones, y se envían automáticamente al observatorio sinóptico de superficie que estará instalado en el interior de su vivienda junto al ordenador, pero a pesar de tanta tecnología, usted deberá recoger todas las cifras a diario de manera manual,  y siempre se hará a las mismas horas: las 8:00 a.m. y las 6:00 p.m., excepto los relacionados con las estaciones para los cuales sería necesario una serie de datos que le enviaremos por correo electrónico cuándo sea necesario, –dijo con aires de gran maestro- y enviarlos inmediatamente a Weatherco S.A. a mi nombre. ¿Tiene alguna duda?

Estanis negó obnubilado y escuchó de nuevo a su peculiar profesor:

-         La razón por la que usted ha conseguido este trabajo he sido yo, -dijo altanero mientras un súbito bufido impregnó el laboratorio con un singular olor en el cual se mezclaba el ajo con el café y el característico aroma del cigarro habano de baja calidad- Si fuese por el... -miró a los lados mientras guiñaba el ojo derecho- esto que quede entre usted y yo -Estanis le guiñó un ojo con complicidad y contuvo la risa- si fuese por el chipichangas de los Montecristos iría todo de manera robótica. ¡Engreído! No hay nada como el calor humano para este tipo de trabajo. Además, ayudamos a alguien e invertimos una cuarta parte de lo que quería gastar el estirado petimetre -se giró murmurando en catalán- Estúpid tocacollons prepotent de poques llums -y cómo si volviese de una ensoñación prosiguió- Entonces, ¿le ha quedado claro lo que tiene que hacer?

Estanis le dijo que sí  mientras alucinaba por lo que acababa de contemplar, y tras un breve apretón de manos se alejó de la compañía del rechoncho, hediondo y extravagante, pero divertido Sr. Masfurroll, y se acercó de nuevo a la simpática y seductora Srta. Ruiz.

-          Sr. Ibarra, aquí tiene los pasajes para el vuelo: saldrá de Barcelona a las 20:30 dirección Oslo. Allí tomará un vuelo regional que le llevará a Tromsö donde le esperará un helicóptero de la empresa que le acercará a Stakkvik, donde el Alexandra, capitaneado por el capitán Olä Günnar Gómez, le acercará a la Isla número cuatro junto a las provisiones. Espero que tenga mucha suerte en su nuevo trabajo.

Estanis sonrió y asintió amablemente, y sin mayor dilación, abandonó la austera oficina, encaminó el pasillo iluminado por las grotescas  cristaleras y accedió al avejentado ascensor que le infundía más miedo que seguridad.
Salió a la calle y el Sol le cegó exageradamente. Se colocó las rayban, se quitó la chaqueta, arremangó la camisa y se deshizo de la horrenda corbata, tirándola en un contenedor de escombros que se hallaba frente a la sucursal de la Caixa Penedés. Miró al cielo aliviado, y sonriendo bajó Enrique Granados, tomó a la izquierda por Rosellón y luego a la derecha, enfilando Balmes con una alentadora alegría mientras no dejaba de tararear alguna cancioncilla alegre que recordaba habérsela escuchado silbar a su abuelo materno cuando se encontraba feliz. Continuó bajando la calle pensando en lo que podía hacer durante los cuatro días previos a su partida. Encaró la calle Pelayo hasta que llegó de nuevo a la altura del semáforo frente al café Zurich, donde se volvió a ver rodeado de turistas escarlatas y de compradores compulsivos cargados de bolsas. De la boca del metro no cesaban de subir y bajar personas: algunas corrían y otras se encontraban y se saludaban efusivamente. El disco cambió de color y se dirigió sin dilación a su habitáculo en la calle Talleres. En la Rambla de Canaletas se amontonaban los viandantes frente a los trileros y los distintos artistas que mostraban su arte tratando de sacar algún dinerillo para poder pagarse los estudios, la comida o la casi segura pequeña habitación en la que residían, mientras los carteristas aprovechaban el rebullicio para afanar los bolsillos de los más despistados. Observando todo aquello, recordó cuando con su amigo Miguel se buscaron la vida en aquella zona realizando números de Faemino y Cansado: solían actuar a media tarde y de todos los números que realizaron, el qué recordaba con más cariño era el del circo de los Protozoos. Durante dicha actuación, su inquieto amigo realizaba las funciones de maestro de ceremonias, disfrazado de leucocito, presentando los diferentes números que interpretaban imaginarios microorganismos, hasta que él aparecía de virus encapuchado al grito de: “¡Lacasito, manos arriba! Tú no te salvas ni con aspirina.” Y proseguía el número contando anécdotas mientras su histérico compañero, incapaz de controlar la risa, trataba de dialogar para que no le invadiese:
-         Señor virus, que tengo mujer e hijos y no llego a fin de mes.
-         Peor lo paso yo, que cada vez que intento ligar con una ameba se parte en dos al contarle un chiste.
-         Tenga compasión de mí, que los antibióticos me han quitado el trabajo y ahora sólo sirvo para darle pellizquitos a las bacterias intestinales.
-         ¿Yo que soy? Un mal bicho ¿no?, pues cada uno a lo suyo. No me venga ahora con sentimentalismos. O saca la porra y se lía a dar palos, o contagio a todos los que están aquí. Mira, mira como contagio -decía mientras lanzaba el vaho contra el público- Soy muy malo.
No pudo reprimir la sonrisa ya que, a pesar de ser una mala época en el aspecto económico, jamás olvidaría aquellos instantes de felicidad.
Enfiló la calle Talleres, la cual aparecía atestada de transeúntes. Trató de esquivarles pero a pesar de su esfuerzo, tropezó en el portal de su edificio con varios heavys que salían de Discos Castelló y Discos Tesla, dónde acababan de comprar las entradas para el último concierto de los Maiden. Los observó con curiosidad, y tras mantener un leve debate con ellos en el cual les dijo que Bruce Dickinson no le llegaba ni a la suela de los zapatos a Paul Di'Anno, lo que produjo que los chavales se enardecieran obsequiándole con amenazadores toqueteos de sus partes bajas, humaredas marroquinas dirigidas a su rostro, y salpicaduras de calimotxo en sus zapatos, decidió cerrar la puerta tras de sí y dejarles vociferando.
Mientras subía las desgastadas escaleras, no dejó de pensar en la excepcional casualidad de haber hallado una oferta de trabajo que se adecuase a lo que buscaba, y en la extraña situación que había vivido en la oficina, dónde sólo él, y nadie más, se había presentado a la entrevista: una cita en la cual ni siquiera le habían solicitado conocimientos sobre meteorología, y en la que todo lo que la rodeó hubiese alterado a cualquiera que lo hubiese vivido, pero desechó aquellas perturbadoras cavilaciones y se centró en lo conseguido: Por fin tenía trabajo y eso calmó cualquier atisbo de insurrección mental.

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