miércoles, 17 de octubre de 2012

El ojo muerto: Berta


“Escarbaba en mi mente queriendo divisar las orillas perdidas entre mares eternos. No recordaba dónde las dejé. No sabría decir cuándo las vi por última vez y sin embargo, no me importaba no contemplarlas. Me sentía feliz alejado de aquellas remotas costas. Ignorando su fuerza y su dedo acusador, alejado de todo lo que significase responsabilidad y falsa apariencia. Sólo el amor puede desprenderse de todo.

14 de Febrero
Diario de Estanis Ibarra”
                                                                                                                                                                                         


“Despierta, despierta...” Un onírico susurro se deslizaba por la habitación introduciéndose en el plácido reposo de Estanis que despertó confundido. Deslizó la mano derecha lentamente bajo la cama y logró dar con las babuchas de paño a cuadros marrones. Se sentó sobre el colchón y se restregó los ojos. Tenía un somero dolor de cabeza y todavía no era capaz de fijar la vista. Alargó la mano derecha y recogió las gafas que reposaban sobre el nº216 de Penthouse. Se las colocó y comprobó la hora en el reloj de pulsera Davis Pointer en acero matizado con el dial negro. Eran las 8:30 de la mañana. Tan solo había dormido dos horas y le había parecido una eternidad. Se incorporó vagamente mientras se rascaba una nalga. Se desperezó ruidosamente y arrastrando los pies con desidia se encaminó a la cocina. Se preguntaba si Ola Günnar estaría despierto. Llegó a la cocina, prendió el calentador de la esquina frontal derecha del anafe y puso sobre él a la vieja cafetera alemana Wmf de acero inoxidable a la cual había añadido una carga extra de café. Abrió el armario sobre su cabeza y cogió el paquete de oreos que poco antes estaba sobre la mesa. El forzudo capitán sólo le había dejado dos galletas. Se sentó a la mesa y se fijó en su taza de Scooby-Doo repleta de té rojo por probar. Recordó que él no lo tomaba y de alguna manera tuvieron que confundir el inventario de los productos y dejarle sin tila, y enviarle la infusión inservible para su paladar y su comportamiento. Lo odiaba, nunca fue capaz de acostumbrarse, le producía arcadas y siempre terminaba revelando el origen gástrico de su molestia. Agarró la taza y la vació en el fregadero lavándola frenéticamente. El café terminó de prepararse perfumando la estancia con su afrutado aroma africano. Escurrió la jícara cartooniana, la llenó hasta la mitad del angoleño néctar, añadiéndole tres cucharadas de azúcar, y removiendo lentamente la mezcla se dirigió al salón. Se sentó en la silla que quedaba de espaldas al cuarto de baño y dejó la taza sobre la mesa. Se fijó en un agujero que tenía en el pantalón del pijama a la altura de la rodilla, lo observó detenidamente y comenzó a jugar con su dedo índice tratando de agrandarlo. Sonrió y desistió en su intento de meter la mano por el ensanchado boquete. Agarró la taza y sorbió de ella despotricando levemente al quemarse la lengua. Cogió un cigarrillo de su paquete de Chesterfield blando y lo encendió con su mechero azul, el mismo que le obsequiaron en alguno de los bares que frecuentaba por el Borne. Dio una primera calada profunda y exhaló el humo produciendo dos o tres círculos azulados dentro de la estancia que poco a poco se fueron disipando. Estiró los brazos por encima de la cabeza hasta que notó un chasquido en sus cervicales, lo que le hizo guiñar los ojos, y a través de la minúscula rendija entre sus párpados, pudo observar una revista sobre la mesa: era un ejemplar del Reader’s Digest en cuya portada destacaba un titular en el cual se intuía el contenido de un artículo que debería hablar sobre el daño psicológico que suele producir en las personas la vida en soledad. Le hizo gracia: llevaba casi seis meses en la isla completamente solo y no se encontraba diferente. Se sentía igual que siempre, quizás algo menos sociable, pero ni mucho menos creía estar aislado. Se notaba vivo, más vital que en sus últimos meses en Barcelona dónde se convirtió en un ser asocial y anodino que olvidó y se hizo olvidar. Que siempre se encontraba indispuesto. Que casi nunca contestaba las llamadas y en escasas ocasiones abría la puerta a alguno de sus conocidos, y dónde su casa se encontraba más cerca de ser catalogada como una pocilga que como un lugar humanamente habitable.
El cigarrillo se consumió rápidamente y ya no quedaba café que saborear. Respiró profundamente y se rascó la cabeza contemplando el resplandor matutino que fulguraba a través del ventanal sobre el escritorio de madera de roble barnizado en tono chocolate. Los rayos de Sol se filtraban con la humareda producida por el tabaco y producían un efecto que siempre le atrajo. Era como si el humo llenase los rayos dotándolos de vida, haciendo que se movieran armoniosamente y difuminando los objetos que se encontraban en su campo de visión. Le gustaba jugar guiñando un ojo y luego el otro, intentando ver los diferentes puntos de vista que se podían tener sobre la misma imagen. A veces, lograba diferenciar dos perspectivas diferentes de una misma imagen, las mezclaba y creaba un nuevo diseño surrealista con ellas y le otorgaba un nuevo nombre, ingeniando un flamante formato indefinible, enigmático y entretenido. Recordó cuando se encerraba en el desván de la Sra. Ortiz y para matar el tiempo, o escapar de las permanentes palizas de su madrastra, jugueteaba con los rayos de Sol que entraban por las rendijas del techo y se mezclaban con el polvo, inventando un universo paralelo carente del estoicismo diocesano que castraba sus infantiles ilusiones. Se escondía durante horas anhelando el rescate paterno, o fantaseando con escuchar la estruendosa voz de su progenitor cargada de afecto y correr bajo su protección, pero desgraciadamente eso nunca ocurrió: su padre llegaba tan borracho que era incapaz de ir hasta el dormitorio por su propio pie, y cuándo se acercaba a él, siempre escuchaba la misma cantinela envuelta en vapores de vino: “Algo habrás hecho.” Y se dejaba dormir sobre el sofá emitiendo sonoros ronquidos mientras su madrastra aprovechaba la coyuntura para cocerle el culo a zapatazos y mandarlo a la cama sin cenar.
De repente, un ruido le sobresaltó y le hizo regresar a la realidad: la bocina del Alexandra atronó en el sempiterno silencio y el motor del viejo barco pesquero carraspeó  quejumbroso atenuando su sonsonete con cada segundo que transcurría. Estanis enfureció: “¡Este noruego loco es capaz de haber dejado las provisiones en el muelle y largarse!”
Corrió a la habitación y se coló las botas sin atarse los cordones. Salió precipitadamente, tropezando con la puerta y dando de bruces sobre el entarimado. Las gafas cayeron delante de él y sintió una terrible punzada en la espinilla que hizo que se le saltasen las lágrimas. El Alexandra sonaba cada vez más lejos. Se levantó, recogiendo las gafas con agilidad impropia para sus negadas habilidades físicas, y se arremangó la pernera derecha del pijama observando un ligero corte coagulado que comenzaba a inflamarse. Su prisa se volvió frenética: se abalanzó a la salida y quiso abrir la puerta pero no pudo; estaba cerrada con llave. La  giró y accionó el picaporte, abriendo el hinchado portón y abandonando el edificio con una descomunal zancada que evitó un nuevo tropiezo con la vetusta lámpara de Ruhmkorff y que casi le sitúa en el segundo escalón de la chirriante escalera. A lo lejos, el Alexandra se hacía cada vez más pequeño y por más que gritase ya no podría escucharle el capitán noruego de madre sevillana que arrasó con su despensa la noche anterior y que ahora se alejaba: “¿Y ahora cómo subo las provisiones sin la transpaleta?” Balbuceó, y comenzó a maldecir con furia, acordándose especialmente de toda la familia del extravagante glotón, mientras pateaba con saña la cancela del jardín meteorológico. Continuó despotricando hasta que se notó asfixiado. Clavó sus manos en las rodillas respirando intermitentemente y sintiéndose inesperadamente desahogado. Exhaló profundamente captando con su nariz el compactado aroma apaciguador rebosante del peculiar polen escarlata. Musitó una arenga ininteligible rebozada con su blanquecina saliva y decidió acercarse hasta el muelle: la fulgurante mañana le brindaba una salutación agasajadora y la legión de ígneas flores que se movían cadenciosamente bajo sus pies parecían querer impulsarle sobre ellas en un levitar ilusorio, pero Estanis comenzó a aplastarlas cínicamente en una pueril pataleta repentina aderezada con los más rebuscados vituperios: no concebía lo que sucedía, aunque le dijera que le esperaba a las nueve y ya pasasen de las diez:  “¿Tanta prisa tiene el hambrón éste?”  Le resultaba absurdo, sobre todo después de haberse colado por la noche y zamparse todo lo que encontró a su paso.
Logró calmarse y comenzó a pensar en el tiempo que tardaría en llevar todas las provisiones sin la evolucionada transpaleta hidráulica: “Puedo estar todo el día.” Musitó meneando la cabeza. Llegó hasta la escalinata que daba acceso al escueto atracadero y se detuvo estupefacto:  “¡Aquí no hay nada! Ni siquiera ha descargado. ¡Hijo de puta!”  Exclamó estruendosamente mientras pateaba la herrumbrosa barandilla. Su colérica compostura se agravaba progresivamente y en su desenfrenado frenesí, agarró un pequeño y oxidado bidón de combustible con el emblema de la Kriegsmarine que reposaba moribundo junto a la escalinata y lo lanzó al mar con un ímpetu fuera de lo común que casi le arrastra tras él, mientras las venas de su cuello palpitaban con tal violencia que daban la impresión de estar a punto de reventar. Insanamente enfurecido, dio media vuelta y se encaminó a la cabaña ensañándose con el tornasolado manto floral, el cual había cambiado su tonalidad a un malva febril imperceptible para el ofuscado discernimiento de Estanis, y que parecía plañir ante las funestas embestidas de su anfitrión, y se balanceaban evitándolas, abriendo un improvisado sendero pedregoso. Estanis lanzó una nueva patada rabiosa, topando su pie derecho con una voluminosa roca que le hizo salir despedido hacia delante, quedando zambullido bajo el manto multicolor. Anatematizó con más vehemencia si cabe con su rostro pegado al abrupto suelo y su boca plagada de pétalos. Comenzó a palpar tratando de encontrar sus gafas entre el inescrutable hervidero de flores malvas que dominaban su precario campo de visión y que no paraban de danzar mofándose de su infortunio, desplegando un aroma cada vez más penetrante y expulsando su polen con tal violencia, que sus ojos no eran capaces de distinguir más allá de su entrecejo. Se puso de rodillas y miró al frente, y entre la densa bruma polinizadora que velaba sus retinas, le pareció divisar la silueta de una persona sentada en el sillón balancín del porche. Se frotó los ojos, entrecerró los párpados, y forzando la vista, creyó que, efectivamente, había alguien allí. Comenzó a palpar nerviosamente hasta que consiguió dar con los resquebrajados lentes. Limpió el único cristal que quedaba en la montura sobre la manga del pijama y observó desde la lejanía como la figura iba perfilándose hasta hacerse reconocible: Era una mujer joven que le miraba fijamente. Se incorporó y avanzó lentamente notando como el corazón le bombeaba cada vez más rápido. La imagen se le hacía cada vez más nítida. Se paró sobre el chirriante primer escalón y observó sorprendido a la chica que aguardaba recatadamente al borde de la crepitante escalera: Tenía una ensortijada melena cobriza. Su piel era blanca, lechosa, con las mejillas ruborizadas, y sus enormes ojos verdes chispeaban sensualmente. Llevaba puesto unos vaqueros negros ajustados y un jersey blanco de lana de cuello vuelto. Era hermosa, quebradiza, etérea, y su rostro mostraba una seductora mezcla de alegría e intriga. A su lado, una pequeña maleta daba a entender que venía a quedarse.

    -                   Hola Están, dijo con voz calmada

    -                  Hola Berta, cuanto tiempo.

Estaba pasmado, completamente petrificado, hizo el amago de pellizcarse creyendo que estaba soñando, pero era real. Sus rodillas temblaban y sus ojos auscultaban a la mujer que tenía frente a él.

-          El capitán dijo que tenía que volver a recoger algunas existencias y que regresaría mañana.

Musitó Berta en tono amable con la intención de romper el hielo viendo la fría actitud de su interlocutor, que permanecía inmóvil a los pies de la escalera cómo el que visiona una película a la que no tiene acceso, cómo si lo que estuviera pasando no ocurriese realmente.

     -                 Se que no esperabas que viniese y que tenía que haberte avisado pero…

Estanis se abalanzó sobre ella y consiguió silenciarla con un beso tierno y profundo.

-         Perdóname Berta. No quise hacerlo, sólo quería quererte pero me convencí de lo contrario.

Balbuceó con ternura besándola sin parar y mirándola como si nunca antes la hubiese visto.

     -                Quería quererte y a la vez me empeñaba en ser desdichado. Necesito tú...

Berta le puso un dedo en los labios pidiéndole que se callara. Le cogió de la mano izquierda y sin dejar de mirarle con ternura, le condujo hacia el interior de la cabaña, cerrando la puerta suavemente tras ellos.

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