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Las pelotas de Babieca

Resulta que en mi sesteo onírico me encontré con JFK —al tío parece que le han hecho un lifting, oyes— y me dijo que estuviese pendiente de los detalles, que eso es lo que hay que ver y no lo que nos refriegan por las narices. Yo asentía, pero por su lado apareció una ambición rubia que no veas y me dio un cate al comprobar cómo mis ojos hacían el péndulo de Newton. Y rubricó: "Esas caderas tienen nombre". Me instó a pensar y a arrojar luz. Salí del trance, apagué la vela y le di un toque a las bolas del péndulo que tengo en la mesa, esas cinco que repiquetean sin decir nada y sin parar nunca. Babieca era el caballo del Cid; también se le llama así al hombre de pelvis indiscriminada. Uno tiene lo que tiene y lo pone donde puede. Con eso empecé a escribir estas notas. Desde luego, arrancar con una ristra de disparates no es la mejor manera de que un tema serio sea tomado como tal, pero me trae sin cuidado si los cacahuetes vienen con sal o sin ella: la cuestión es que haya cua...

Que me traigan una almohada

No se le suelen dar demasiada importancia a los sueños en la vida real. Las personas que hacen eso acaban con el estigma de pillaos, colgaos, pringaos, todo eso con cierto merecimiento en la mayoría de los casos. Recuerdo una tarde trabajando en un bar     en el que me tocaba ir y venir al almacén de las bebidas, cuando por el camino escuché a un hombre contándole a otro no se qué de un viaje a Ganímedes y que lo abducían por la noche los extraterrestres mientras dormía, y que por eso estaba siempre despierto. Yo no digo que los sueños tuvieran su aliciente, porque daba detalles de todo tipo: “El extraterrestre tenía los ojos negros y la cabeza como una calabaza” Y se detenía en los más escabrosos: “Y me endilgó un microchip por el tájena fíjate tú” Pero aguantar a un hombre relatando sus aventuras cósmico-anales durante tanto tiempo resulta agotador puesto que lo más parecido a la realidad que vas a escuchar va a ser: “Cigarrito, cerveza, fuego y agua”. ¿Alguien ...