Arquitectura del silencio.
No hay poros en esta piel de cemento,
solo una superficie de aristas vivas
que devoran la luz del mediodía.
Hormigón crudo,
vertido sobre los sueños de ayer,
fraguando una realidad sin ventanas
donde el eco rebota contra el vacío.
La presión del encofrado no pregunta.
Las vigas de la columna se oxidan,
mientras el tiempo, esa mezcla densa,
se endurece hasta asfixiar el grito.
No busques fisuras.
En el Tártaro, la solidez es la única ley.
Y yo, una grieta que intenta ser verso
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Su tabaco, gracias.