Son tantos años que la altura de mirarlos me marea. Subo a la azotea: las estrellas giran como insectos bajo una lámpara y bajo, por si la lámpara soy yo. A veces ensayo la ausencia: la forma de mi cuerpo en el colchón, que tarda una mañana en irse. Otras veces vuelvo a Tarkovski, a esa vela que alguien cruza por una piscina vacía con la mano delante de la llama, o a una mesa del Rick's donde alguien pide una vez más la canción del tiempo que pasa, como si pedirla lo detuviera. Cuando el pianista baja la tapa y el suelo se mueve otra vez bajo la silla, me queda un solo arrepentimiento, pequeño, tenaz, casi doméstico: el de aquel primer llanto que todos celebraron como un sí.
Parece que fue hace un rato: tú cruzabas la tarde con tus amigas y dios, sin hacer ruido, se disfrazaba de mí en una pachanga de baloncesto. El pueblo olía distinto, como a pan que nadie había partido todavía, y detrás de las persianas a medio bajar alguien quitaba el volumen de la tele para oírnos pasar. Luego nadie pidió tiempo y el reloj siguió corriendo. Tú cambiaste de número, de ciudad, de nombre en el buzón. Yo me quedé tirando a la misma canasta sin red hasta que se hizo de noche y nadie vino a decirme que el partido había acabado. Me cuentan que ganaste, o que seguiste adelante. Sigo aquí, con las horas apiladas como sillas en un bar que ya cerró, aullándoles a las farolas como si ellas fueran a amanecer. Y aún me parece que fue hace un rato.