Fue en otro tiempo: los bares, abarrotados, olían a fritura y espuma de cerveza, los niños corríamos por las calles de piedra y en el cine del pueblo echaban La guerra de las galaxias. Salíamos imitando a Bruce Lee. Fue en otra vida: juntábamos chapillas para jugar al subbuteo, de balón un botón plano en suelo raso y de merienda, lo que tocase. Fue hace tanto tiempo ya que las arrugas de mi abuelo ahora son mías y el quejío de los fandangos es este dolor crónico que no me suelta. ¿Fue antes o es hoy? No lo sé. Yo sigo viendo a mi abuela: me mira desde sus gafas y con la voz temblando me dice: —Come chocolate.
En sus ojos famélicos contemplo imitaciones de Pollock, goteos de cuando los amaneceres fueron violáceos. Cosquillas. Acaricio su pelo y, bajo la tibia palidez, algo crepita: una rosa que aprende a arder. Vértigo. No dice mi nombre. Lo deja en el aire, entre su boca y la mía, como quien pone la mesa y espera. Afuera amanece. No miro de qué color. Hambre. Ahora, la mía.