El amor por las décadas volaba y siempre nos unía alguna cosa: un gesto, una palabra, una comida, las pelis de terror con la luz puesta. Un día se paró todo de golpe y me pesaron hasta las canciones, pero al mirar atrás todos los rostros, los nombres que ya casi no recuerdo, los polvos sin malicia, las caricias, el portal donde nadie se atrevía, confluyen en un punto que no engaña: todo eso junto fue mi amor entero. Hubo maletas hechas a deshora, llaves que devolví sin dar la cara, y aun así fue mi amor, el que tenía: un fuego hecho con lo que había a mano. Se irá todo, lo sé, pero queda eso: haber amado tanto, aunque disperso.
La amistad se evaporó como el agua de un vaso que nadie recuerda haber llenado. El amor me besó en la frente como quien marca una puerta para volver de noche. La política tenía voz de púlpito y dientes de sacramento. El cuerpo llevó la cuenta que yo no quise llevar: pastillas en fila sobre la mesilla, un pulso que se equivoca de hora. Donde ponía el pie, el suelo cedía; donde miraba, alguien terminaba de ponerse la cara. Viví dentro de un decorado: todos se sabían el papel menos yo. Las paredes eran de cartón, las sonrisas, de encargo, y la verdad solo salía a escena cuando venía a hacer daño. Sigo vivo porque creo en Dios. Pero hasta la iglesia echó el cerrojo cuando oyó mis pasos. Me quedé en la calle, sin campanas ni incienso, sin nadie que me diera la paz. Y allí, a la intemperie, encontré a Dios sentado en el bordillo, esperándome. No me preguntó. No me pidió cuentas. Solo me miró y me ofreció un vaso.