Hoy le he pedido a la IA un poema. Le he dicho: háblame de aquel que nunca contesta. Háblame de las noches en la cama con Estudio en escarlata sobre el pecho, la lámpara encendida, el aire quieto, la deducción como una forma de rezar y alguien que, al final, siempre contestaba. Háblame de los años de humo y polvo, de Soundgarden sonando en una lengua que mi boca movía sin saber, del alcohol como una manta sucia, de tanta gente alrededor y ni un solo rostro donde quedarme. Háblame del cuerpo cobrándose esos años, de las paredes oscureciendo sin que nadie apagara nada. De cómo ya no busco suelo firme: ni un amor, ni un sueldo, ni un cuerpo que no duela. De cómo me levanto cada madrugada porque sí, café y analgésicos, dos horas sin dolor para intentar algo: una sombra con pulso. Y hazlo perfecto, le dije. Perfecto, como nunca fue mi vida.
El amor por las décadas volaba y siempre nos unía alguna cosa: un gesto, una palabra, una comida, las pelis de terror con la luz puesta. Un día se paró todo de golpe y me pesaron hasta las canciones, pero al mirar atrás todos los rostros, los nombres que ya casi no recuerdo, los polvos sin malicia, las caricias, el portal donde nadie se atrevía, confluyen en un punto que no engaña: todo eso junto fue mi amor entero. Hubo maletas hechas a deshora, llaves que devolví sin dar la cara, y aun así fue mi amor, el que tenía: un fuego hecho con lo que había a mano. Se irá todo, lo sé, pero queda eso: haber amado tanto, aunque disperso.