Lo supe en los huesos, en la prisa, en el modo de morder la luz como quien come de pie porque nadie le ha ofrecido una silla. Por el peso de saberlo viví rápido: lo quería todo, todo, antes de que se me acabaran las manos. Ahora miro atrás desde mi postración. Me emociono. Río. Pero sobre todo me asusta recordar cómo bajaban la voz al verme entrar, cómo me medían con una cinta que nunca tuvo mi talla. No fui lo que querían. Pero mi vida fue completa por dentro: tuve un jardín que nadie supo ver, una casa de fuego en medio del invierno. Solo echo de menos una silla que me esperara, mi plato en la mesa aunque llegara tarde, alguien que abriera la puerta antes de que yo llamara y no me preguntara de dónde venía. Y aunque la nostalgia me doble, aunque el tiempo me haya puesto de rodillas, sigo guardando en algún bolsillo la llave de una puerta que no existe, o que existe en otra parte, en un lugar al que todavía me gustaría llegar.
Déjame que beba vino esta noche, compañera, que no hay hombro en este mundo que soporte ya mi pena. Traigo el cuerpo hecho un derribo y la voz como de tierra, y un silencio que me muerde si la copa se me seca. Bebe tú también conmigo, que te he puesto copa llena, aunque el vino se te quede sin probar sobre la mesa. Se marcharon uno a uno los amigos de las fiestas; solo tú no tienes prisa ni otra casa a la que vuelvas. Que dejé de ser persona, fui quedándome en la niebla, y aun así, mira qué cosa, tú, Soledad, a mi vera.