La amistad se evaporó como el agua de un vaso que nadie recuerda haber llenado. El amor me besó en la frente como quien marca una puerta para volver de noche. La política tenía voz de púlpito y dientes de sacramento. El cuerpo llevó la cuenta que yo no quise llevar: pastillas en fila sobre la mesilla, un pulso que se equivoca de hora. Donde ponía el pie, el suelo cedía; donde miraba, alguien terminaba de ponerse la cara. Viví dentro de un decorado: todos se sabían el papel menos yo. Las paredes eran de cartón, las sonrisas, de encargo, y la verdad solo salía a escena cuando venía a hacer daño. Sigo vivo porque creo en Dios. Pero hasta la iglesia echó el cerrojo cuando oyó mis pasos. Me quedé en la calle, sin campanas ni incienso, sin nadie que me diera la paz. Y allí, a la intemperie, encontré a Dios sentado en el bordillo, esperándome. No me preguntó. No me pidió cuentas. Solo me miró y me ofreció un vaso.
Lo supe en los huesos, en la prisa, en el modo de morder la luz como quien come de pie porque nadie le ha ofrecido una silla. Por el peso de saberlo viví rápido: lo quería todo, todo, antes de que se me acabaran las manos. Ahora miro atrás desde mi postración. Me emociono. Río. Pero sobre todo me asusta recordar cómo bajaban la voz al verme entrar, cómo me medían con una cinta que nunca tuvo mi talla. No fui lo que querían. Pero mi vida fue completa por dentro: tuve un jardín que nadie supo ver, una casa de fuego en medio del invierno. Solo echo de menos una silla que me esperara, mi plato en la mesa aunque llegara tarde, alguien que abriera la puerta antes de que yo llamara y no me preguntara de dónde venía. Y aunque la nostalgia me doble, aunque el tiempo me haya puesto de rodillas, sigo guardando en algún bolsillo la llave de una puerta que no existe, o que existe en otra parte, en un lugar al que todavía me gustaría llegar.