Parece que fue hace un rato: tú cruzabas la tarde con tus amigas y dios, sin hacer ruido, se disfrazaba de mí en una pachanga de baloncesto. El pueblo olía distinto, como a pan que nadie había partido todavía, y detrás de las persianas a medio bajar alguien quitaba el volumen de la tele para oírnos pasar. Luego nadie pidió tiempo y el reloj siguió corriendo. Tú cambiaste de número, de ciudad, de nombre en el buzón. Yo me quedé tirando a la misma canasta sin red hasta que se hizo de noche y nadie vino a decirme que el partido había acabado. Me cuentan que ganaste, o que seguiste adelante. Sigo aquí, con las horas apiladas como sillas en un bar que ya cerró, aullándoles a las farolas como si ellas fueran a amanecer. Y aún me parece que fue hace un rato.
Agosto se pegaba a las persianas y el Diamante sudaba en sus bancos de piedra. Yo cantaba Triana con voz prestada cuando llegaste con dos latas heladas y una risa que se oía desde la esquina. Me pasé a Radio Futura y tú bailaste descalza sobre el adoquín tibio como bailó Colometa en la Fiesta Mayor, con miedo, hace casi un siglo. Tú no tenías miedo de nada. Subimos a tu ático de la calle Verdi. El ventilador giraba vencido y nos fuimos desnudando con la paciencia de quien pela una naranja, hasta que enmudecieron las terrazas. Al alba, la persiana cortaba la luz en tiras y tu piel sabía todavía a plaza. Todo el bochorno de Barcelona cabía en el hueco de tu espalda. Abajo ya regaban las aceras. No quisimos abrir la ventana.