Huele a limpieza punzante. Un gesto de yodo sobre la memoria intenta esterilizar el rastro de los días que pasaron sin permiso. Gesto de yodo, frío y anaranjado sobre la dermis. No cura, solo detiene la necrosis mientras el aire se vuelve aséptico y el corazón late con un ritmo de autopsia. Bajo la luz fluorescente del pasillo, somos figuras deslavadas, pacientes de una dolencia estructural que no figura en los manuales de anatomía. Me limpio las manos con alcohol y olvido. En el Tártaro, la salud es un simulacro. Solo queda el rastro químico en la gasa y el silencio que precede al diagnóstico
El sistema está cerrado. No hay transferencia de energía, solo una pérdida constante de calor en este cuarto de muros densos. Entropía sin tregua: las partículas de lo que fuimos se dispersan en un caos irreversible. Ya no hay orden en el recuerdo, solo ruido estático y fragmentos. Todo lo que era sólido se sublima. El hierro de las palabras se vuelve gas, y el centro de gravedad ha colapsado dejando un rastro de ceniza cuántica. No intentes recomponer el cristal. La flecha del tiempo solo apunta al desastre. En el Tártaro, el desorden es la única paz que nos queda tras el incendio