Me leí la relatividad en el váter, el Corán y los Evangelios en salas de espera, a Spinoza con hambre y a Kant con resaca. Me lo tragué todo como las pastillas: con agua y sin leerme el prospecto. Ninguna me hizo efecto. Tengo más anécdotas que dioptrías y más silencios que anécdotas. Ya no saco turno en la maquinita: me sé de memoria la ventanilla donde me toca hacer la última cola. Pensionista y multidisciplinar, escribo novelas, poemarios y reclamaciones a la Seguridad Social. Solo me contestan las reclamaciones. Y entonces el móvil me escupe un vídeo: un chaval desde un yate me asegura que los límites están en la mente. Qué suerte la suya. Los míos están en el cuerpo: sesenta y cinco por ciento, sellado, con número de expediente.
Son tantos años que la altura de mirarlos me marea. Subo a la azotea: las estrellas giran como insectos bajo una lámpara y bajo, por si la lámpara soy yo. A veces ensayo la ausencia: la forma de mi cuerpo en el colchón, que tarda una mañana en irse. Otras veces vuelvo a Tarkovski, a esa vela que alguien cruza por una piscina vacía con la mano delante de la llama, o a una mesa del Rick's donde alguien pide una vez más la canción del tiempo que pasa, como si pedirla lo detuviera. Cuando el pianista baja la tapa y el suelo se mueve otra vez bajo la silla, me queda un solo arrepentimiento, pequeño, tenaz, casi doméstico: el de aquel primer llanto que todos celebraron como un sí.