Resulta que en mi sesteo onírico me encontré con JFK —al tío parece que le han hecho un lifting, oyes— y me dijo que estuviese pendiente de los detalles, que eso es lo que hay que ver y no lo que nos refriegan por las narices. Yo asentía, pero por su lado apareció una ambición rubia que no veas y me dio un cate al comprobar cómo mis ojos hacían el péndulo de Newton. Y rubricó: "Esas caderas tienen nombre". Me instó a pensar y a arrojar luz.
Salí del trance, apagué la vela y le di un toque a las bolas del péndulo que tengo en la mesa, esas cinco que repiquetean sin decir nada y sin parar nunca. Babieca era el caballo del Cid; también se le llama así al hombre de pelvis indiscriminada. Uno tiene lo que tiene y lo pone donde puede. Con eso empecé a escribir estas notas.
Desde luego, arrancar con una ristra de disparates no es la mejor manera de que un tema serio sea tomado como tal, pero me trae sin cuidado si los cacahuetes vienen con sal o sin ella: la cuestión es que haya cuando se buscan. A por el toro, que suena el último clarín.
Y ojo al dato, que esto viene a cuento.
En marzo de 2025 el americano firmó un decreto y abrieron el archivo. Ochenta mil páginas de golpe, subidas en menos de un día, sin tachones, todo el santo expediente Kennedy a disposición de cualquiera con wifi. En enero de 2026 soltaron once mil páginas más, por si alguien seguía ahí. Sesenta y tres años de secreto de Estado descargables en PDF. ¿Y qué salió? Pues que la CIA espiaba en México, que a Osvaldo lo tenían fichado, que en las embajadas había más agentes que funcionarios y que el Schlesinger andaba preocupado. Los historiadores lo leyeron y dijeron, con esa educación que gastan: no contradice lo que ya sabíamos.
Ahí está la cosa, y por eso escribo. Ya no hay nada escondido. El secreto está publicado, indexado y gratis, y precisamente por eso no lo mira nadie. El detalle ya no se guarda en una caja fuerte de Langley: se guarda a plena luz, donde la gente no busca, porque la gente busca en los sitios donde le han dicho que se esconden las cosas.
Vamos con los hechos, que son sencillos.
Resulta que el Fitzcarraldo tenía como vicecolega al Lipton Johnson & Johnson, que encima era el presidente más alto de la historia de los USA junto al cazavampiros. Ya veréis cómo algún crío suelta eso en un examen, porque se lo ha dicho la máquina esa que lo sabe todo y lo inventa la mitad, y luego pregunta por qué lo han cateado; y el padre, capaz de defenderlo con capturas de pantalla. ¡Porras! Pues el susodicho té helado con champú a la barbacoa fue su rival en las primarias demócratas, y el risueño irlandés lo puso de mano derecha a pesar de que todo el mundo le decía que no: "Johnny, que éste sabe torear". Pero nada.
A mes a mes —¡coño!, que todavía me acuerdo del catalán— era senador por Texas y gastaba un lazo de agárrate y no te menees. El lazo era para coger terneros, no seáis malpensados.
Pues al churrita brava de la agencia Efe no se le ocurre mejor idea que irse a Dallas después de darle a la lengüilla en un speech (ehn, ehn, ehn) durante el cual el Lipton lo miró como si le hubiesen puesto una rodaja de pomelo en el mordecai y un aborigen le estuviese soplando por el orificio beauf con un didgeridoo. Imaginaos el flamenqueo que llevaría en lo alto.
En 1963 se cargaron al presi y el vice cogió el cargo. Eso no lo discute nadie.
Le echaron la culpa al Osvaldo, que luego fue asesinado por el Rubí, y a éste se le aparecieron Tanairí y la dama de rosa, y la espichó de un día para otro al hartarse de cangrejos radiactivos biónicos que muy amablemente le habían llevado aquellas señoras tan lacrimógenas, recogidos de la quilla de un petrolero que se hundió al cabo de muchos años porque se enfadó el del café de Colombia por los derechos de autor y esas cosas. Pobre Ramoncín, cómo lo hubiese flipao con esta historia.
Y conforme pasaban las décadas, el del champú a su bola, y los demás diciendo que si la CIA, que si Hoover, que si Nixon, que si la gallina Caponata, que si quesito primaveral con arándanos importados de Bután. Ahora, además, con música de suspense y patrocinio de un colchón: doce episodios, una hora cada uno, y el algoritmo colocándote el siguiente antes de que acabe el anterior. Un enigma monetizado.
Pero —y espero que os quede materia gris tras la retahíla— si el Lipton era de Texas, y al Jota se lo hilvanaron en Texas, y según sentenció Hunter S. Thompson, que para estas cosas es mi notario, de allí nada bueno puede venir… o yo estoy para frenopático, o los tejanos tipo Lois hicieron una fritá de sesadas y allí nadie metió los hocicos. Más que nada por la amorosa afición que le tienen los petroleros a los morritos cuando asisten a los rodeos. Yiiiiiiija.
Y aquí llega la idea primigenia, que pensaba despachar en tres líneas y me ha costado una página:
Poned el himno de la Universidad de Texas. Texas Fight, el de los Longhorns, el de los cuernos bizcos hacia fuera como los tiquitones de Yola Berrocal. Lo escribió en 1923 un tal Walter Hunnicutt, abogado de Marlin, juez de condado y soldado de la Primera Guerra, que era el menda que dirigía la banda de estudiantes. Y no se llamaba así: se llamaba Texas Taps.
Escuchad la entrada. Justo después de la intro.
Eso que suena es el toque de silencio. El de los funerales militares. La marcha de guerra de la Universidad de Texas es, nota por nota, el toque que se le hace a un muerto, tocada a toda leche y con los cuernos en alto. No es que la usen en entierros: es que es el entierro, acelerado hasta que parece una fiesta. Sesenta mil personas en un estadio despidiendo a alguien sin saberlo, cada vez que marcan.
La señora del Lipton, por cierto, sí era de la casa: dos títulos por Austin, historia y periodismo. Lady Bird cantaba eso desde los veintitantos.
Pero ahí no acaba la cosa. Buscad ahora la banda sonora de mi idolatrada Las batallas de las colinas del whisky (The Hallelujah Trail), dirigida en 1965 por John Sturges, y dentro el tema "Stand up, we'll march to Denver".
Ponedlos seguidos. Primero uno, luego el otro. Esperad al compás de marcha.
Ahí está.
Dos años después de Dallas, el mismo paso, la misma llamada a la carga, firmado por Elmer Bernstein en una comedia de vaqueros donde nadie muere. Las americanadas son más complejas de lo que creemos. No tenía guasa el Bernstein.
Y esto es todo lo que traigo. Ni una página desclasificada, ni un solo documento, ni falta que hace: han abierto el archivo entero y el detalle sigue donde estaba, sonando en abierto, gratis, dos minutos de nada, ochenta mil páginas de ventaja y nadie ha levantado la oreja.
Justo lo que el del lifting me pidió que mirase. Y yo, como Babieca, con las mías repiqueteando en la mesa sin parar, dale que te pego, cinco bolas dándose de hostias para demostrar que la energía no se pierde. No se pierde, no. Se transforma en himno.
Me voy, que el gallo ha cantado tres veces y yo no soy Pedro. ¡Miedito!
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Su tabaco, gracias.