martes, 6 de noviembre de 2012

Esperando al tren: 2ª parte

El despertador sonó a las cinco de la mañana como cada día. Raúl surgió de entre las sabanas con una cara de espanto y asco que rayaba lo sublime. Odiaba levantarse tan temprano, pero no le quedaba más remedio. Aún con los ojos cerrados por una legión de legañas, se dirigió al baño y mecánicamente, realizó su aseo personal de cada mañana. Se metió en la ducha y bajo el chorro continuo, sus músculos comenzaron a reaccionar, estirándose mientras en su cabeza retumbaba una cancioncilla terca y repetitiva: "A veces la miro y lloro y lloro..., ¡manda huevos!", se dijo tratando de exorcizarla. Tras finalizar la remojada matutina, secaba el espejo, lanzaba una mirada curiosa y comenzaba a poner caras graciosas de manera continua e   impulsiva. Cogió la espuma de afeitar y una maquinilla desechable del cajón que le correspondía en el reparto familiar de los enseres del cuarto de aseo, y comenzó una de las tareas más estúpidas que la humanidad haya podido inventar, un trabajo constante que por muy bien que sepas hacerlo siempre tendrás que volver a repetirlo. Se miró en el espejo y, resignado, terminó el trajín sintiéndose más despejado y dispuesto a la lucha.
Eran las seis menos cuarto de la mañana, siempre eran las seis menos cuarto cuando entraba a la cocina y preparaba el desayuno. Calentó el café y se lo tomó lentamente, sin hacer ruido, escuchando el murmullo continuo del frigorífico y los pequeños golpes de vecinos que cómo él, despertaban a la vida en tan insignes horas, surgiendo un pensamiento repentino que de tantas veces reproducido ya se había convertido en un bucle infinito: "Si la raza humana es libre, ¿por qué nos levantamos a estas horas? ¡Es inhumano!". Se incorporó y dejó la taza sobre el fregadero. Se echó un vaso de agua y tras tomarlo, justo a las seis de la mañana, salió al rellano de la escalera de su edificio y con paso firme, aunque desganado, se dirigió a la calle.
Estaba cansado de ver todas las mañanas las mismas caras al salir del portal y levantar la vista. Siempre se encontraba con una señora mayor, de unos sesenta años o más, que con cara risueña le regalaba a diario un cálido buenos días y proseguía su camino con parsimonia. No sabía como se llamaba, a pesar de cruzarse todos los días con ella desde hacía dos años, su relación se reducía a algún triste comentario sobre el tiempo de vez en cuando. A menudo fantaseaba durante largo rato sobre la vida de la señora: se la imaginaba casada y con una docena de hijos que ya habían volado del nido, y que todavía seguía levantándose día tras día a la misma hora para arreglar casapuertas mientras su marido dormitaba la borrachera de la noche anterior, producida por la absorción de varios litros del vino de la casa de la taberna de la esquina, incapaz de saber donde tenía la mano derecha. Y si no fuera así. Y si realmente fuese una delincuente: una persona que durante la noche escudriñaba la ciudad hasta encontrar el momento de actuar y que cada mañana, siempre a la misma hora, regresaba a su casa después de dejar el botín a buen recaudo, sin que nadie sospechase de una señora tan taimada, gentil y madura. Sus elucubraciones le conseguían espabilar, y aguantando la sonrisa esperó el saludo, pero ahí no quedó la cosa:

- Buenos días majo. ¿Te has fijado en las nubes hoy?

Raúl ni siquiera se había percatado de que hubiese cielo, pero por cortesía le contestó:

- Sí, parecen distintas. Más esponjosas - se detuvo un instante- y rápidas. 

La señora le miró extrañada y con la mirada distante, y negando sutilmente con la cabeza, prosiguió:

- ¡Ay hijo mío! Hay que saber en que creer y fijarse bien en lo que ocurre a tú alrededor, porque a veces, hay señales que no percibimos -la señora titubeó y mirando de soslayo prosiguió- ¿Crees en los ángeles?

Era la segunda vez en dos días que alguien le hacía la misma pregunta y le resultaba cómico. Aguantando las ganas de mofa de su anestesiado cerebro le contestó:

- Eso es algo difícil de creer.

La señora continuó  mirando al infinito y con un leve meneó de cabeza espetó:

- Pues será mejor que empieces a creer antes de que sea demasiado tarde.

Raúl se encorajinó y tratando de no parecer demasiado agresivo preguntó: 

- ¿Demasiado tarde para qué?

La mujer sonrió plácidamente y dijo:

- Tengo prisa hijo mío. No hagas caso de una vieja. Adiós buenos días.

Y se alejó pausadamente mirando a su alrededor y musitando algún tipo de retahíla indescifrable. Raúl se quedó atónito durante unos segundos y pensó que la señora no estaba muy bien de la cabeza, y tras lanzar una última mirada curiosa a la silueta que se alejaba, se encaminó a la estación de Padua a tomar el tren para allí poder refugiarse en el vagón que siempre le dejaba rumiar sus desdichas sin consuelo extra alguno y sin que nadie le distrajese de sus estúpidos e insulsos disparates mentales: solía coger el último vagón y, casi siempre, el último asiento. A esas horas, el compartimento siempre presentaba el mismo aspecto. Iban seis personas: una chica sudamericana que, probablemente, trabajaría de limpiadora por la indumentaria que dejaba ver la bolsa que llevaba entre las manos; tres paletas que dormitaban en una esquina sin prestar atención a su entorno; un chico subsahariano que, casi con toda seguridad, iba con los albañiles roncadores pero a cierta distancia; y un señor mayor bien arreglado, que tras la jubilación, y después de muchos años levantándose a la misma hora, no podía dejar de hacerlo y, seguramente, deambulaba por las estaciones hasta que emergía la cabeza y pasaba un día más inventando una nueva rutina que le distrajese del tedio en que se había convertido su vida. Ese era el panorama que contemplaba a diario. Solía observarles durante un rato, y rápidamente se enfrascaba en la lectura de alguna revista que había cogido del quiosco el día anterior, pero esta mañana notaba como si le taladrasen. Se miró esperando ver algo extraño en su aspecto, pero a parte de su cara matinal, no encontró ridiculez alguna, así que bajó la vista y siguió leyendo.
El tren llegó a Plaza Cataluña y se apeó con ligereza, dirigiéndose a su puesto de prensa. Corrió las cortinas y empezó a repartir la prensa por los cajones. Todavía no había mucho tránsito por la estación y eso le calmó. Cuando terminó de ordenar todo, se dirigió al bar y pidió un café con leche en vaso, como todas las mañanas, lo pagó y volvió a sus puesto de trabajo. Se sentó y esperó que comenzase a llegar la clientela. Al cabo de una hora, y tras haber vendido tres periódicos, los ojos se le caían de manera irremisible. Se recostó del mostrador y dejó la vista correr por los túneles, notando la cantinela del sistema de megafonía como un runrún hipnótico. Tras unos instantes de letargo, miró el reloj y comprobó que eran las ocho y media, la hora del señor bajito estrafalario, pero no apareció. Se levantó y miró  a su alrededor, notando una ausencia total de viandantes: parecía que la estación se hubiese convertido en un lugar fantasmagórico. Se turbó y miró en todas direcciones sin ver a nadie, incluso el bar parecía abandonado. Se pellizcó creyéndose en un sueño, pero parecía real: "¡Ay mi madre!, ¿qué coño pasa?", se dijo tembloroso, y volvió a mirar a su alrededor de manera frenética, golpeando con su codo en el mostrador y tirando al suelo su bolígrafo Parker. Se agachó a recogerlo y al incorporarse escuchó una voz suave:

- Hola, buenos días.

Tragó saliva al encontrarse frente a la chica del día anterior.

- Buenos días -dijo balbuceando- ¿Qué deseas?

Pensó que la había cagado: "¡Estúpido!, ¿vas a tartamudear ahora?", y la observó, sintiendo que realmente era más bella de lo que le pareció el día antes. La chica sonrojó sus mejillas y con aire tímido le contestó:

- Estaba paseando por la estación y me fijé en tu mirada -se detuvo un tanto avergonzada- y me gustaría hablar un poco contigo, si no te parece mal. Es que no sabía que hacer. 

Raúl se sorprendió y mirándola algo más relajado, como si hubiese pasado a ser él quien dominase la situación, le contestó:

- Claro que me parece bien. Además, estoy algo aburrido aquí, no hay mucha clientela. Me llamo Raúl, ¿y tú?

La chica sonrió y dijo:

- Ayer te vi. Pareces majo y me recuerdas a alguien que me trae buenos recuerdos. Me llamo Silvia.

Raúl se quedó de piedra, aunque no pudo reprimir la mueca fanfarrona: ¡ella también se fijó en él!, y tenía una voz tan agradable.

- Yo también te vi. Encantado de conocerte.

No sabía que decir mientras ella le miraba fijamente, sin pestañear, con una sonrisa permanente en su boca. Raúl prosiguió:

- Bueno, y que haces aquí tan temprano. Ayer te vi más tarde.

La chica contestó sin inmutarse:

- Estoy esperando el tren de mi novio.

Raúl reprimió el intento de golpear el mostrador con su pie derecho, y haciéndose el longuis continuó la conversación:

- Así que tienes novio -dijo en tono mordaz- ¿Y cuándo llega?

La chica lo miró con curiosidad y con una sonrisa socarrona le contestó:

- En el próximo tren que llega al andén tres dentro de cinco minutos. ¿Me acompañas?, me gustaría seguir hablando contigo.

Raúl asintió y salió del quiosco, acompañando a la chica hasta el apeadero en cuestión. Silvia se detuvo justo en el borde y le miró fijamente, mientras Raúl comenzaba con el interrogatorio que tenía previsto desde el día anterior.

- ¿De dónde eres?

- De aquí y de allá. 

Dijo ella con un tono de voz frío, acorde con la mirada que parecía se le había cambiado repentinamente.

- ¿Y eso dónde es? 

Preguntó de nuevo Raúl, dándole la espalda a las vías y mirándola con ojitos de cordero degollado.

- Pronto lo sabrás, no te preocupes.

Contestó Silvia mientras la cara parecía deformarse por una especie de sombra oscura e inquietante que comenzaba a formarse a su alrededor. Raúl no lo percibía, seguía absorto en los ojos de ella, sonriendo, como si estuviese hipnotizado.
La estación bullía por el tránsito de pasajeros, y en la lejanía, el quiosco aparecía repleto de clientes que miraban extrañados mientras hondeaban la prensa esperando que les cobrasen. En la penumbra del túnel, se escuchaba el traqueteo del tren que llegaba al andén tres, mientras Raúl le preguntaba a Silvia:

- Y cómo es tú novio, me lo puedes decir.

La gente le miraba extrañada mientras él permanecía de espaldas al borde del apeadero hablándole al éter con cara estúpida. 

- ¿Me lo puedes decir?

El tren entraba en la estación y justo en el instante que llegaba a la altura de Raúl, la chica dijo:

- Mi novio eres tú.

Y le empujó a las vías mientras la cara de Raúl se descomponía al comprobar que el hermoso rostro que le había cautivado no era más que una calavera maléfica con el pelo gris desmarañado, que sonreía pérfidamente al conseguir lo que quería, y ya no tuvo tiempo de creer en los ángeles.

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