jueves, 8 de noviembre de 2012

Odisea tipo pilsen: Mejor no me levanto (1)




Dicen que lo qué mal empieza mal acaba, pero los gitanos también dicen que no quieren buenos principios porque significaría que iría a peor. No sé como calificar estas expresiones porque a fin de cuenta sólo son eso: parte del refranero popular que a veces se cumple y a veces no, pero pueden servir para calificar algunas acciones que ocurren puntualmente en nuestra existencia, aunque a mí lo único que hacen es dejarme en shock. Como cuando te has comido unas setas de esas que dicen que no debes comer porque: “No matan, pero producen alucinaciones”, eso fue lo que me dijo un doctor de los que parece no haber probado nunca nada, con una voz grave que salía con seguridad de su boca mientras hinchaba el pecho como un pavo y me miraba con condescendencia: “Bueno, pues si producen alucinaciones habrá que probarlas”. En esta vida hay que saber de lo que se habla, si no lo has probado no puedes decir nada sobre ello. 
Meditando sobre todo ello llegué a la parada del autobús con la sana intención de dejar la maleta y acercarme al cajero más cercano para alimentar mi cartera y dejarla saciada para los días que le esperaban, pero el cajero se encontraba fuera de servicio. Me importunó pero bueno, ya habría otro momento. Regresé a la parada y el autobús bramaba calle arriba. Cuando estaba llegando, mi maleta roja decidió caerse hacia un lado y logré endiñarle una patada antes de que se suicidara bajo la rueda delantera derecha. Tampoco hay que darle mucha importancia. Guardé el equipaje y subí con la sana intención de relajarme: el viaje comenzaba y eso era lo que importaba.
Sobre las 9:30 llegué a la estación de autobuses de la capital del choco y la gamba. Como tenía tiempo hasta las 10 para coger el siguiente enlace decidí ir a un cajero, con la consiguiente molestia de tener que ir cargado con la maletita roja  puesto que no cabía en las taquillas de la consigna. Me paseé por las calles del centro con la maleta en un recorrido  de 10 minutos de ida y vuelta por dos caminos distintos que podía haber evitado. Mientras escuchaba el traqueteo de las ruedas por las losetas de las calles hacía inventario de las cosas que llevaba: “¿Se me olvidará algo?”, tal y como iba la mañana seguro que algo se habría quedado atrás, pero en aquel momento sólo pretendía salir de las calles con ojos que auscultaban y meterme en la siguiente etapa del viaje.
Sobre las 9:45 intenté ponerme en contacto con una entidad pública mediante una llamada desde una cabina telefónica puesto que mi teléfono móvil dejó de funcionar el día antes. El intento de comunicación me costó 2 euros sin decir palabra. Tuve que contenerme para no destrozar el auricular contra la pared,  pero seguía teniendo ojos que auscultaban la situación. Decidí ir a desayunar para relajarme: “Tampoco es para tanto”, y pedí un café con un bollo relleno de chocolate. El bollo estaba tremendo pero el café era lo más parecido a un agua negra sin sabor, más bien con sabor a calcetín metido en alquitrán. Todas estas situaciones comenzaban a sacarme de quicio y sentía la necesidad de encenderme un cigarrillo: llevaba una semana intentando dejar de fumar. Hice el amago de acercarme a la máquina de la cafetería y comprar un paquete de Lucky Strike, pero contuve mi impulso y me acerqué al andén donde permanecía en ralentí la guagua que me acercaría un poco más  a mi destino.
Sobre las 11:10 llegué a la estación de autobuses de Plaza de Armas. Tenía dos opciones para llegar al aeropuerto: la primera era coger dos autobuses urbanos, el C4 hasta el Prado y allí coger el EA o andar hasta Puerta Triana y coger el C1 hasta Santa Justa y allí coger el EA. La segunda opción era coger un taxi desde la estación de autobuses al aeropuerto de San Pablo, pero esta opción la rechacé desde un primer momento debido a malas experiencias con este medio de transporte. Recuerdo cuando estuve estudiando en Sevilla y, junto con un compañero de piso, no llegábamos a tiempo para coger el autobús y decidimos parar un taxi. El taxista cuando nos vio con las maletas pensó que éramos turistas, aunque por más que le dijéramos que estábamos estudiando él no escuchaba y seguía a lo suyo: “Os voy a llevar por aquí porque el tráfico por la Palmera está fatal”. Nos metió en un atasco en el Prado mientras la cuenta seguía subiendo. Por más que le dijéramos que por ahí no cogiera el seguía a lo suyo: “Es que el tráfico en Sevilla es de pena”. Cuando salimos de aquel atasco en vez de coger por la calle Torneo decidió meterse hacia la Plaza Nueva: “Es que por el otro lado está impracticable”. Mi compañero de viaje y yo no sabíamos ya que hacer: quedaba un cuarto de hora para que saliera el autobús hacia Huelva y estábamos secuestrados en un taxi sevillano dirección a un callejón sin salida y con el contador subiendo cada vez más y más rápido. Cuando llegamos a la Plaza del Duque todos los coches estaban haciendo sonar sus bocinas y el atasco no tenía pinta de arreglarse en mucho tiempo, quedaban diez minutos. El taxista tiró del freno de mano y dijo con una sonrisita burlona en su rostro: “Bueno, esto parece que va para largo”, antes de que volviera la cabeza para recalcar, nosotros habíamos salido corriendo a todo meter en dirección a la estación de autobuses: “Corre Gómez, que se creerá el chulo éste”, y el taxista desde el atasco gritando: “¡Sinvergüenzas!, ¡Tienen cojones los paletos estos!”. “Sí, sí, pero tu no puedes dejar el taxi sólo capullo. ¡Jódete!”, y logramos llegar a la estación justo para coger el autobús.
Con todos esos recuerdos planeando por mi mente abandoné la estación y me dirigí a la parada del C4, la más cercana, con tan mala suerte que cuando iba llegando dos autobuses de la misma línea estaban saliendo. Conociendo el horario tan extraño y caótico de los autobuses decidí dar media vuelta y encaminarme a Puerta Triana. Llegué justo cuando el conductor estaba a punto de cerrar la puerta y en Sevilla cuando cierran la puerta no la abren, aunque estés frente a ella. Con mis posaderas puestas por fin en un asiento, quedaba por saber que me ocurriría en Santa Justa, tal y como iba la mañana podía esperar cualquier cosa. ¡Y así fue! Llegué a Santa Justa justo cuando salía el EA para el aeropuerto así que tuve que esperar sobre media hora en la parada. Miré mi reloj y comprobé que tenía tiempo, pero mientras comprobaba todo eso no dejaba de pensar en lo que me ocurriría cuando llegase a la terminal: “Seguro que cuando llegue hay otro fregado”.
Sobre las 12:50 llegué a San Pablo y comencé a buscar el mostrador de la compañía para facturar el equipaje. Después de varias vueltas arriba y abajo buscándolo, logré ver un cartel en el que ponía que los viajeros de Brussels Airlines debían facturar en un mostrador de Iberia. ¡Cómo para encontrarlo! Ya puesto en la cola para facturar, un señor mayor me preguntó a dónde iba. Le dije que a Praga pasando por Bruselas: “¡Uy!, pues el vuelo a Bruselas viene con retraso. Acércate al mostrador de la compañía que está ahí detrás y pregunta a las azafatas”. Lo miré con cara de póker y él dijo que me vigilaba la maleta. Mientras me acercaba al mostrador de información de la compañía, una frase retumbaba en mi cabeza: “Mejor no me levanto”. Llegué al mostrador y la señorita encargada me comentó que la salida del vuelo a Bruselas estaba prevista sobre las 17:30. ¡Tampoco era tanto, dos horas de retraso! Luego apareció otra señorita de pelo moreno y de porte elegante y espectacular, vamos una azafata de las películas, y me dijo que el vuelo a Praga ya lo había perdido por el retraso del vuelo a Bruselas. ¡Mejor no me levanto! Ella me dijo que había dos opciones: “Puedes esperar hasta el domingo o te podamos mandar vía Madrid”. Le dije que lo del domingo ni en broma y que decidía coger la opción de Madrid. Ella dijo que quedaban dos plazas libres y que iba a reservar una. En ese momento me relajé de tal manera que el café de calcetín comenzó a hacerme efecto. Mis intestinos se revolvían con violencia mientras que la chica comenzaba a mirar el ordenador con cara de: “¡Ay!”. Le pregunté que pasaba  y me dijo que acababan de ocupar las dos plazas. Mis intestinos se volvieron a compactar ante la noticia y estuve a punto de cagarme en las muelas de todo aquello. “Ahora las opciones que tienes son pasar la noche en Sevilla y salir mañana o el Domingo, o pasar la noche en Bruselas y salir a la mañana siguiente para Praga”. La miré y le dije: “Mira, yo he venido con la intención de salir hoy para Praga y no estoy dispuesto a pasar una noche en Sevilla”. Ella arregló el transbordo en Bruselas para el día siguiente a las 6:45 y anuló el billete que tenía reservado para las 18:50 de aquel día. Con la idea en mente de tener que pasar la noche en Bruselas facturé el equipaje y corrí a darle sepultura al café de calcetín alquitranado, no sin darle vueltas a una pregunta que se respondería ella misma en un par de días: ¿Por qué esperar hasta el Domingo?, no le hallaba lógica.
Todo parecía medianamente solucionado y me dirigí al control de la policía: “Quítese el abrigo, el cinturón, el reloj, la cartera, el bolso de mano, las llaves, el móvil y las botas”. ¿Las botas?, a ver si cojo un resfriado por andar descalzo. ¡Cago en los americanos! Me preguntaron que llevaba en el bolso de mano y les dije que una cámara digital. Pasé el control y entré en el país del aeropuerto. No dejaba de darle vueltas a la cabeza sobre todo lo que había estado pasando a lo largo del día y me puse a pasear hasta que decidí sacar la cámara y comprobar si funcionaba. Hice una par de fotos de prueba y, en mi aletargada senectud, hice varias fotos de un Airbus que circulaba por la pista. Completamente absorto en mis pensamientos entré en el Duty Free y miré los precios. Llevaba la cámara colgada al cuello y el encargado me dijo que allí no se podían hacer fotos, sería para que no se supieran los precios. Mientras miraba algunos productos comprobé que en la puerta del establecimiento se hallaban un guardia civil y un vigilante de seguridad de la instalación. De momento pensé: “Ya la cagué”. Salí del Duty Free y me dieron el alto, no hacía falta porque yo me fui directamente hacia ellos. “¿Puede usted enseñarnos las fotos que ha sacado?” ¿Pensarán que soy un terrorista? “Por supuesto”. La cara del vigilante de seguridad daba a entender que tenía miedo, que el solomillo de cerdo estaba asomando por el agujero negro. “Tiene usted que borrar esas fotos”. No tuve inconveniente alguno y las borré. Los pasajeros que estaban almorzando en las terrazas me miraban de arriba abajo y con cara de mala uva. Les pregunté dónde se podían hacer fotos: “Menos en las tiendas, las puertas de embarque, a través de las ventanas y el control de acceso, en donde usted quiera”. Me entraron ganas de decirles: “O sea que del suelo y el techo, ¿no?”. Se despidieron deseándome un buen viaje y pidiendo disculpas. ¡Vamos anda! Decidí guardar la cámara y mientras lo hacía una pareja de estadounidenses que había estado viendo toda la situación se levantó de la mesa en la que estaban sentados dejando la comida en ella mientras que decían aquello de: “Morron, fuck off!”. Di por entendido que ellos creían que yo no sabía inglés puesto que todos los hijos de Lincoln que pasaban por mi lado no dejaban de decir perlas: “Ashole, jerk, dumb, fucked hippie…”, la verdad que no me preocupaba, incluso lo de hippie era algo que con mi indumentaria ajada y mi pelo largo me hacía ilusión. Los que estaban preocupados eran ellos.

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