jueves, 4 de octubre de 2012

El ojo muerto: Prólogo

Resulta doloroso caminar sobre el grisáceo manto nevado. Cualquier ingenuo movimiento transmite un eco delator que pondría en alerta a las alimañas que merodean el territorio, propiciando una funesta embestida de la cual no habría posibilidad de huir. Cada vez que inspiro el enrarecido oxígeno, mis pulmones parecen crepitar y emitir ingratos silbidos que se esparcen por el desolado entorno delatando mi posición. Vivo inmerso en una avasalladora paranoia que me mantiene alerta, pero quizás no la desee por más tiempo. Ni siquiera recuerdo la última vez que conseguí hablar con alguien conocido. Mi rutina diaria se reduce a encontrar un lugar cálido y seguro en el que dormir, la frialdad imperante se amplifica ante la carencia de calor humano, y encontrar comida es un suplicio que añadir al simple hecho de despertar cada mañana.
Los cuervos acechan pérfidamente sobre la copa de los álamos y una camelia permanece altiva junto a la escalera de entrada al edificio. Su destello carmesí choca con la mediocridad plomiza que la rodea y la hace más vulnerable, pero ella mantiene su altanería, desprendiendo su exquisito perfume, aunque yo no puedo apreciarlo debido a la premeditada inhalación continuada de ácido sulfhídrico que ha atrofiado mi sentido del olfato, además, mis ojos y mis oídos están cubiertos por una costra purulenta que limita sus funciones, pero su disfunción sensitiva permite mi supervivencia: si no fuera por todo ello, hace meses que hubiese acabado claudicando.
Trastabilló en el primer escalón y tengo que sujetarme del desgastado pasamano de madera. Cada paso me aterra y consigue que ponga en alerta mis mermados sentidos. No sé hasta cuando aguantaré esta siniestra subsistencia. Me aferro a una quimera salvadora aún a sabiendas de que nada de lo que conocí volverá a ser igual. Quizás éste presente mutilador sea sólo un pretexto para alcanzar un estado superior de consciencia, o un mal trago que debo superar para dejar constancia a futuras generaciones de lo sucedido durante dicho periodo. No lo sé. Todavía no he sentido la epifanía divina que me indique el camino que debo seguir, y con cada dolorosa zancada creo estar más lejos de ella.
Me resigno a continuar mientras inspecciono la enmohecida estancia desvencijada. Intento encontrar algún artefacto que me sirva de hogar. Una especie de secadora que reposa en un cuarto junto a un oxidado frigorífico de hierro pienso que me será útil para dicho cometido. Reviso las dependencias anexas de la vivienda y consigo dar con mobiliario que servirá de leña.  Aglutino toda la madera que puedo en un rincón y comienzo a recoger la infinidad de papeles que danzan sin orden ni concierto por el hediondo habitáculo, para utilizarlos como improvisada yesca. Necesito entrar en calor para mantener un hálito de esperanza. Deposito una cantidad de astillas y le prendo fuego a las hojas, las cuales sirvieron de entretenimiento antes de que comenzase todo este frenesí inarmónico, con mi mechero azul, el único amigo que ha logrado permanecer junto a mí. Estrujo una cuartilla y la añado a la incipiente fogata pudiendo leer con mi paupérrima vista un principio que hasta podría considerarse esperanzador: “Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la ley. Casualidad no es sino un nombre para la ley no reconocida; hay muchos planos de casación, pero nada se escapa a la ley. (1)” Aunque más bien resulta lapidario. Continúo agregando combustible vegetal hasta que por fin consigo caldear el lugar y dotarle de una calidez tranquilizadora.
El hogareño crepitar me abstrae momentáneamente de la insoportable tensión y libera mi curiosidad literaria. Leo las hojas antes de arrojarlas a la hipnotizadora candela y trato de comprender algunas de sus enigmáticas inscripciones y los textos que aparecen junto a ellas
(2)
“Metraton, Melach, Berol, Not, Venibbel, Mach, et vos omnes conjuro te figura cerca per deum vivum, ut per virtutem horum caracterum et verborum me invisibilem reddas, ubique te portavero mecum. Amén.”



Nunca aprendí latín y su contemplación me resulta tan horripilante que las arrojo al fuego sin intentar averiguar su significado. A pesar de su hechizante influjo, siento que mi cuerpo se relaja y obtengo la fortaleza necesaria para indagar en busca de algún resto de comida. Regreso al cuarto en el cual hallé el herrumbroso refrigerador y hurgo en sus entrañas. En uno de sus cochambrosos estantes, entre vegetales y embutidos putrefactos, encuentro una lata de lentejas con chorizo, un botín extremadamente lujoso para lo que suelo hallar. Agarro una de las baldas metálicas y me la llevo conmigo hacia la fogata utilizándola como parrilla. Coloco la conserva sobre ella y comienzo a meditar sentado junto al fuego mientras espero que se cueza el inesperado festín. Las hojas que infectan la estancia mantienen un vaivén estresante y mi abotargado discernimiento no consigue retraerse de ellas, y hace que mi cuerpo comience a oscilar en una coreografía simétrica al compás de su caótico baile. Me incorporo nerviosamente y retiro el recipiente del calor. Apoyo mi vieja navaja de rescate mágnum boker sobre la tapadera y doy un golpe seco, produciendo una grieta por la cual comienza a salir líquido. No es momento de desperdiciar el contenido y aplico mi boca sobre el corte sorbiendo el apetitoso fluido con fruición. Mis labios palpitan por la incipiente quemadura, pero el placer que recibe mi estómago es tan inmenso que sólo es un mal menor que podré sobrellevar sin mayor preocupación. Continúo abriendo la lata hasta que el guiso de legumbres queda al descubierto y comienzo a degustarlo con lentitud, saboreando su contenido y deleitándome con su cordialidad intestinal. Ojala alguien pudiera compartir este momento conmigo. Medito mientras mis instintos se atemperan y consigo abstraerme de la avasalladora realidad. Con el cocido a la mitad, decido apartarlo a un lado y dejar el resto para la cena. La hoguera parece decaer repentinamente y me incorporo para reunir más combustible vegetal. Aferro una cantidad generosa de las danzarinas cuartillas y las introduzco en el improvisado bidón, notando como la llama se aviva exageradamente y comienza a flirtear con el enrarecido ambiente. Mis mutilados instintos se alertan repentinamente: su desvirtuado parecer me avisa de alguna situación anómala proveniente de la habitación contigua. Me dirijo hacia ella tratando de adivinar si dicha reacción se debe a algún peligro inminente o tan solo a una suspicaz corazonada. Entro en la dependencia y una gélida calígine me recibe: el habitáculo está repleto de documentos que flirtean entre ellos sobre unas cuarteadas pieles que anteriormente pertenecieron a un cómodo sofá. Oteo el recinto tratando de comprobar si hay alguna amenaza oculta, pero la tenebrosidad existente carece de ella. Aplacada mi curiosidad, decido coger los ajados cueros y llevármelos al cálido rincón de la estancia adyacente. Los repaso y comienzo a trocear las partes aprovechables para utilizarlas como protección contra la heladora climatología que me asaltará durante los meses venideros. Este lugar me está ofreciendo ingredientes extraordinarios para sobrellevar mi maldita supervivencia. Cierro los ojos y trato de dormir, pero es prácticamente imposible: el simple hecho de soñar puede acarrear más dolor que el qué se pueda sufrir en vigilia. Alejo los restos peleteros de mi cuerpo, y comienzo a arrojar hojas al fuego tratando de que su enervante flama me haga desistir de mis oníricas intenciones. Comienzo a echar uno tras otro los enormes fajos arrugados hasta que caigo desalentado en el suelo. ¡No puedo más! Ya no soporto esta vida inhumana. Me entran ganas de llorar, y golpeo con mis puños sobre la incandescente secadora hasta que las quemaduras en los nudillos me hacen desistir de la delirante embestida. Cojo los sobrantes del antiguo sofá y los lanzó al aire, cayendo sobre la impetuosa llama que parece adueñarse de la enmohecida habitación. Me resigno, y sobre mis rodillas, un petulante folio decide enfrentarse con mi inservible irritación. No sé por qué, pero en vez de tirarlo al fuego decido leerlo, y mis ojos lloran ante lo que contemplo: Diario de Estanis Ibarra.

(1)     Extraído de “El Kybalion”
(2)     Figuras y texto extraídos del “Legemeton Clavícula Salomonis”, grimorio  anónimo  del siglo XVII.

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