sábado, 20 de octubre de 2012

El ojo muerto: Frío (2)


Ella se alejó de él. Se detuvo frente a la ventana junto a la puerta de la cocina, mirando fijamente al exterior con cara de contrariedad y espetó:

-          Aquí no seríamos felices, seguro que acabaríamos mal. ¿De verdad no quieres volver conmigo?.

Él se incorporó y abrió la puerta de la cabaña notando como la temperatura llegaba a ser asfixiante: eran las 10:00 y parecía que estuvieran a 30ºc en el exterior.
Se paró en el  porche contemplando la mesozoica lámpara de Ruhmkorff junto a sus pies y contestó:

-          Pensaba que venías a quedarte unos días para recuperar lo nuestro, pero nunca me imaginé que lo que querías era que regresase a Barcelona. Si lo que intentas hacer de nuevo es que yo me adapte a tu mundo, no lo vas a conseguir. -Estanis contuvo la irrefrenable rabia anegando sus ojos- Mi mundo está planificado para los próximos tres años, y está aquí. Quédate conmigo. Deja tu aburrido trabajo en tu aburrida oficina dónde no puedes demostrar tu talento creativo, y vivamos juntos, ¡aquí!, dónde podrás evolucionar en tus diseños y trabajar en lo que te gusta, pero no me pidas que regrese porque no lo voy a hacer.

-          ¡Entonces esto es lo que quieres! ¿Vivir en una isla perdida sin nadie con quién hablar y solo?  Si piensas que sólo vengo a follar y no te vas a venir conmigo de vuelta no me volverás a ver jamás.

Él la miró y quedó impresionado: nunca había visto esa expresión de frialdad en el rostro de Berta y se asustó. Le parecía estar frente a un enemigo que le taladraba con su mirada.

     -          Sabes que tengo un contrato que cumplir y lo voy a finalizar.

Contestó fríamente, notando como ella le miraba cada vez con mayor displicencia, y salía de la cabaña bajando las escaleras con premura, deteniéndose entre la legión de flores cuya tonalidad recordaba al incandescente magma volcánico y que combatían en luminosidad con los centelleantes rayos del astro rey.
A lo lejos, una bocina de barco retumbó estruendosamente, haciendo que Estanis alzase la vista y otease la calma del helador mar de Barents. Era el Alexandra que regresaba a la isla.

-          ¿Oyes el barco Están? Vienen a buscarme, y tú tienes que venir conmigo. Tienes que hacerlo, es tu destino. Aquí no tienes nada, ni siquiera has sido capaz de escribir un guión en los meses que llevas aquí. ¿Crees que no lo sé?.

Estanis negó con la cabeza sintiéndose incapaz de reconocer a la persona que tenía frente a él. No concebía que le exigiese algo que no iba a realizar. La miró extrañado, como si no fuese la misma mujer a la que había despertado aquella misma mañana. El rostro de Berta  parecía el de alguien que le quisiese arrastrar hacia algo que no debía hacer.
Los engranajes del motor del Alexandra comenzaron a detenerse al llegar al exiguo atracadero y eso le puso muy nervioso. El calor ambiental que notó al salir de la cabaña se había convertido en una sofocante percepción que secaba su garganta y derretía su discernimiento. Optó por quitarse la bata y quedarse en camiseta y calzoncillos. Sudaba abundantemente y la mujer que tenía frente a él se le hacía más irreconocible a cada segundo que transcurría.

-          ¿No ves cómo cambia el clima? Si sigues aquí te acabará ocurriendo algo. Ven conmigo al muelle y partiremos juntos hacia España. Observa y verás quien viene a recogerte.

No supo qué pensar. Forzó la vista y atisbó tres figuras que avanzaban desde las escaleras y entraban en el campo de flores, que parecía secarse sin remisión, dándole la impresión de que levitasen sobre él. Frotó sus ojos pero no pudo reconocerlos hasta que llegaron a la altura de Berta: Eran Olä Günnar, el gigantón capitán noruego de aspecto afable; Lars Hushovd, el enjuto y espigado ayudante, y alguien que no esperaba: un hombre menudo y nervioso que gesticulaba y se secaba el sudor de su extensa frente con un pañuelo amarillo. Era su amigo Miguel Bernaus, su compañero de correrías desde la época de la guardería en el barrio de Sants, y que transformó su rostro en un gesto serio, apaciguando su inicial nerviosismo, en cuanto llegó a la altura de Berta.

     -            Que pasa Están. ¿Esta es la manera de recibir a tu mejor amigo?

Estanis permaneció inmóvil junto a la puerta mientras sus cuatro interlocutores lo miraban fijamente con frialdad y con gesto displicente. Miguel continuó.

-          Cómo pensaba que Berta no sería capaz de convencerte espere en Stakkvik a que me recogiera el Alexandra. Vengo a pedirte que regreses. No te preocupes por las mediciones, Lars ocupará tu lugar hasta que consigan un nuevo empleado y el Sr. Mateu no ha puesto ningún impedimento para tu marcha. ¿Qué dices colega?

Miguel sonreía insidiosamente y su capciosa mirada parecía escudriñar la reacción de su íntimo amigo. El capitán permanecía serio y callado como nunca antes lo había visto, y Berta alargó la mano derecha pidiéndole que bajase la chirriante escalera y se uniera a ellos. Pero Estanis permaneció inmóvil. Los observó con recelo y notó en sus entrañas que la situación era demasiado extraña.

-          Venga Sr. Ibarra -  dijo Ola - Vamo al Alesandra y olvídese de esta isla. Hay hente que le quiere y Lars le sustituirá sin ningún tipo de problema, ¿verdad?

Lars asintió, y mostró una sonrisa tan siniestra que a Estanis se le erizaron todos los pelos del cuerpo, tensionándole súbitamente, y comenzó balbucear escondiéndoles el rostro y pisoteando con sus pies descalzos las crepitantes tablas del suelo del porche, hasta que notó como la imagen que tenía frente a él se difuminó, ocultándose tras la certera sensación de que todo continuaba nevado y de que no existía el Sol que le había estado asfixiando segundos antes. De repente, el frío se hizo intenso. Se miró las manos y comprobó la inequívoca negrura característica de las congelaciones invadiendo sus dedos.

-          Sí Están, ven con nosotros al muelle y todo acabará. Volverás a vivir como tú querías y no como has vivido.

Era una voz que retumbaba en sus oídos. Miró al frente y allí ya no estaban ninguna de las cuatro personas que le encaraban pocos segundos antes, tan sólo lograba divisar el avasallador manto níveo cubriendo la plataforma, y el jardín meteorológico completamente destrozado, con la garita convertida en cenizas tras haberle prendido fuego.

    -         ¡Qué coño pasa, qué es esto!

Bramó desconsolado mientras no lograba asimilar lo que ocurría. Cayó de rodillas al suelo y alzando la vista observó una fantasmagórica figura que se perfiló en medio de la colosal ventisca.

    -         ¡Qué quieres de mí!

Exclamó angustiado.

    -          Te quiero a ti.

Vomitó. Se incorporó tembloroso, contemplando las tremendas congelaciones que presentaba en pies y manos, y corrió hacia el interior de la cabaña soportando un insufrible dolor a cada paso que daba. Cerró la puerta tras él sin dejar de maldecir, aguantándose las ganas de desmoronarse y lloriquear infantilmente, diciéndose que no podía ser real mientras observaba las insoportables congelaciones de sus extremidades producidas durante los ilusorios días que pasó desabrigado al quimérico calor que surgió del frío.

-        No podrás escapar de mí. Tarde o temprano tendrás que salir y si no sales, poco a poco, muy poco a poco te iré destruyendo.

Escuchó aquella voz que retumbaba por toda la isla y tras sollozar con amargura gritó desconsoladamente:

    -           ¡Qué eres! ¡Qué quieres!.

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