domingo, 14 de octubre de 2012

El ojo muerto: Ilusión (2)


Un par de días después se encontraba escribiendo sobre situaciones absurdas que podían ocurrir cuando se entra en los servicios de un after, cuándo llegó su amigo Miguel. Charlaron escuetamente haciendo bromas ligeras y trivializando los temas hasta que todo comenzó a rodar:

     -             Oye tío, puede que te moleste, pero dime: ¿Qué pasa con Berta?.

Estanis apretó el entrecejo, carraspeó, miró de soslayo y contestó:
     
     -            Yo no quiero estar con Berta y ella no puede estar conmigo. Asunto terminado.

     -           ¡Déjate de coñas! ¿Por qué no me dices la verdad?

-          Mira Miguel, sé que sabes todo lo que ha pasado entre Berta y yo, y sé que piensas que soy un mierda por no volver con ella después de pedirme perdón. Me encanta, es una mujer especial. Tiene encantos que podrían atraer a cualquiera y más a mí, que con ella he pasado los mejores meses de mi vida. No Miguel –se giró impidiendo que su amigo le viera con los ojos desbordados por las lágrimas- yo no puedo estar con Berta porque creo que en éste momento no sería capaz de compartir mi vida con nadie. Sería un calvario para ella...le costaría un mundo adaptarse al mío porque ahora no soy capaz de adaptarme al suyo además, prefiero la soledad y la tranquilidad, y no tener que relacionarme con alguien conocido cuándo no quiero...ni rendir cuentas a nadie. Parezco un viejo gruñón, lo sé, por eso creo que lo mejor para ella es que yo siga mi camino y poco a poco se olvidará de mí. No quiero verla.

-          ¡Déjate de rollos! Habla con ella, te lo digo como amigo de los dos. ¡Si hacéis la pareja perfecta tío!

Estanis se levantó, miró a través del espejo a su amigo y remachó:

-          Esas han sido mis últimas palabras sobre el tema. Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer.

Y entró en su habitación dejando a Miguel sorprendido en el salón y alejando para siempre su gran amor por una simple gilipollez de bohemio retrógrado que se infringe daño a sí mismo y luego culpa a la raza humana de sus penas.
Nunca volvió a ver a Berta. Decidió no saber nada más de ella justo ese día: el día antes de conseguir este aburrido y solitario empleo, cumpliendo su “sueño” de ser un escritor despreocupado y asexual aunque, tras cinco meses sin relacionarse con nadie, más bien parecía una pesadilla que no quería finalizar.
Estanis salió de su enclaustrado cobijo. Bajó los tres crepitantes escalones de la maltrecha pero funcional escalera anclada al acogedor porche y se detuvo tembloroso cuando notó el gélido tacto de la nieve bajo sus descalzos pies. Su flujo sanguíneo se aceleró porteando su ardiente torrente hacia el helado pedestal y consiguiendo suavizar la frígida percepción primaria que transmitieron las alteradas terminaciones nerviosas. Alzó la vista y contempló en la lontananza el argénteo reflejo verdoso de la Aurora Boreal sobre el mar de Barents, que refulgía apasionadamente en la cargante opacidad de la noche ártica, y no se vio capaz de dejar de sentir y revivir. Trató de encoger tan dolorosa evocación intentando subyugarla, pero en estos momentos de extrema soledad, quizás porque su odio fue tan hostil que acabó regresando el inhibido apego al redil del amor aprovechando un resquicio melancólico de su atrincherado blindaje iracundo, la añoranza de los tiempos felices, y de los errores perpetrados, le hacían sumirse en la más profunda tristeza y desazón. Cada segundo que recordaba, su corazón hacía la montaña rusa dentro de su pecho y su mente caía en pensamientos compasivos y balbuceaba lamentaciones inútiles, mientras sus ojos dejaban salir un hilo de soberbia que resbalaba mansamente por su rostro y moría gimiendo al tocar la nieve. 
Sentía que el resquemor en el corazón le dolía más que cualquiera de los dolores que pudiera haber en el mundo: le atrapaba, le hacía parecer desdichado y con la certera huella fosilizada en su lastre afectivo de haber perdido algo primordial aunque nunca lo hubiese tenido. Se le escapó una de las mayores casualidades de la vida: alguien que realmente le quería y a quién quería por encima de cualquier otra persona. Pero no se dio cuenta, y aplicó un obtuso planteamiento erróneo que imposibilitaba la absolución, obteniendo frutos de un lado para perderlos de otro: “Un error lo tiene cualquiera. Mejor no lamentarse.” Pensó para sí, y ahogando la última hendidura nostálgica de su afligida remembranza bajo el punzante suplicio de sus amoratados pies, se dirigió a la cocina a preparar el almuerzo.
Mientras picaba los pimientos y las cebollas, comenzó a bailar alguna especie de baile ritual al ritmo del Road to nowhere de los Talking Heads, esgrimiendo el cuchillo cocinero por encima de la cabeza. Se agachó. Cambió el cuchillo de mano. Se incorporó y dio un giro de 360º y hundió el cuchillo en el solomillo de ternera. Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Giró el cuello y con el brazo derecho en alto, y agarrando el cuchillo con la mano izquierda, comenzó a trocear el solomillo. Lo añadió al sofrito cuándo lo cortó en dados del tamaño idóneo, echándole sal y pimienta blanca a la apetitosa combinación que comenzaba a excitar su aletargado olfato. Vertió una generosa cantidad de vino blanco y dejó sobre el borde del fregadero el timer de cocina programado para quince minutos y se dirigió al salón sorprendentemente jocoso.
Un nuevo ruido procedente  del exterior le volvió a confundir. Parecía la bocina de un barco, pero sonaba bastante cerca. Esperó tensionado, notando en sus oídos hasta el cadencioso transitar del gas por las tuberías que se repartían tras el revestimiento de madera de las paredes de la cabaña, y creyó escucharlo nuevamente, en esta segunda ocasión con mayor nitidez. Agarró algo de abrigo y salió alocadamente del refugio a todo lo que daban sus piernas, tropezando en el primer escalón de la crepitante escalera con la vetusta lámpara de Ruhmkorff y dándose un costalazo olímpico sobre el cada vez menos espeso manto de nieve al final de la exigua escalinata. 
Notó el gélido tacto de la nieve sobre sus labios y escupió los finos copos que permanecían en la punta de su lengua, incorporándose pausadamente. Inspiró resignado, y un olor fresco y primaveral consiguió abstraerle súbitamente de aquella situación bochornosa. Restregó sus ojos con la manga derecha del anorak, dejándolos cerrados y lagrimeando abundantemente debido al escozor producido por algún travieso cuajarón que decidió jugar con sus glóbulos oculares. Dejó caer sus cuartos traseros sobre la escalera inhalando los dulces aromas que parecían provenir del trópico más que de una perdida isla helada en pleno círculo polar, y esperó a que sonara la bocina nuevamente. Pero no lo hizo. 
Acarició con suavidad su entrecejo notando la irrefrenable huida del incordio oftálmico, lo que permitía la tímida apertura de sus párpados y la alegórica percepción tras las uniones de los dedos de su mano izquierda, de una claridad inesperada y fulgurante. Apartó la palma lentamente, expectante, ansioso, y sus ojos quedaron cegados irremisiblemente por el fulgurante destello de un Sol majestuoso que ya creía olvidado en el tiempo. Utilizó su mano derecha a modo de visera intentando mitigar los efectos cegadores que le acababa de producir la repentina irrupción del astro rey, y recostando la espalda sobre el segundo escalón, haciéndola crujir para liberar la tensión acumulada, sonrió y esperó a oír de nuevo el familiar bocinazo marinero: “Parecía la bocina del Alexandra.” Dijo ilusionado. Pero no lo escuchó, y tampoco le preocupó: la inesperada comparecencia del Sol, con sus refulgentes rayos revitalizadores, le estaban dando toda la vida que había creído perder aquella misma mañana. Se sentía pletórico. Una persona nueva y feliz, y sentía la perentoria necesidad de permanecer sentado nutriéndose de aquellos destellos de energía, de satisfacción, del calor del frío, y cerró sus párpados y una sonrisa dominó su rostro mientras caía en el éter.
Despertó bruscamente, pero no estaba exaltado ni enfadado por haberse quedado dormido. Se sentía bien, incluso creyó escuchar los alegres graznidos de los frailecillos que anidaban en la isla a partir de la primavera. Todo le parecía incomparable, hasta el perpetuo manto nevado aparentaba haber menguado dejando entrever unos incipientes brotes vegetales que surgían en los lugares dónde el abrupto suelo se hacía visible. 
Se incorporó con pereza y se dirigió a la cabaña a comer. La relajación dominaba su cuerpo haciendo que sus pies flotasen sobre la tarima proporcionándole una agradable carencia de dolor en su desentumecida  musculatura. La placentera consciencia indolora le hacía empacharse de entusiasmo: “Hay 10 tipos de personas. El qué entiende de código binario y el qué no.” Carcajeó sonoramente al recordar el chiste que su compañero informático en la revista Redundancia le contaba cada vez que acudía a arreglar algún estropicio cometido por los ceporros de letras cómo él. 
Retuvo aquella imagen en su lóbulo occipital intentando hacerla perdurable y familiar. Creció en su interior la acuciante obligación anímica de revivir continuamente aquella vivencia histriónica que le hacía viajar a la reducida oficina en la calle Guillermo Tell, junto a la escuela superior de diseño y moda dónde casualmente estudiaba Berta, y mantener vivo aquel recuerdo que le hacía resucitar los paseos al mediodía por la Vía Augusta escuchando los anhelos artísticos de su compañera mientras compartían una tarrina de helado de albaricoque, y las indecisiones a la hora de elegir el andén en la estación de cercanías en la Plaza de Molina, lo cual hizo que más de una vez aparecieran junto al funicular del Tibidabo en vez de en la habitual parada de plaza Cataluña, con la consiguiente resignación por su parte, y el cautivador rubor de las lechosas mejillas de su acompañante que le lanzaba sus cálidas manos casi completamente cubiertas por la rebeca de lana que confeccionó el trimestre anterior.
Sintió un fino desconsuelo horadando su rutilante alborozo y, repentinamente, volvió a percibir aquel olor pestilente que le subyugó el día anterior. Se detuvo, olfateó y la fetidez existente en el ambiente le impactó con tal violencia que le hizo vomitar. Sintió un miedo atroz. Su rostro desencajado y el estremecimiento enérgico de todo su cuerpo, apenas conseguían mantenerlo en pie. Cerró la puerta y se dejó caer sobre el entarimado. Olisqueó de nuevo, pero el hedor había desaparecido. Gateó aturdido hasta el cuarto de baño y se incorporó apoyándose en la banqueta junto al lavabo. Abrió el grifo y empapó su rostro en agua emitiendo gruñidos de desconsuelo. Cogió una toalla amarilla que estaba a su derecha y mientras se secaba sentado en el banquito de madera color chocolate, notó que todavía estaba temblando. El vómito debía haber causado aquella desagradable sensación, pero la pestilencia, demasiada intensa como para haber sido una alucinación, cómo si hubiera muchos animales en descomposición por los alrededores del islote, había sido el origen certero, y eso quería creer.
Se dirigió a la cocina y apartó el calcinado guiso del anafe. No tenía hambre. Ni siquiera quería intentarlo. Con el semblante descompuesto, se hondeó sobre el sofá granfort color chocolate tapándose la cara con una camiseta negra que reposaba sobre él y conectó el home cinema dejando que las melodías orquestadas por Jonny Greenwood y plañidas por Thom Yorke le hicieran zambullirse en alguna remota costa alejada del emético presente.
En el exterior, la legión de flores escarlatas chismorreaba entre ellas al igual que niños esperando que ocurriera alguna travesura que tenían prevista. 
Del cielo, seguían nevando infinidad de semillas rojas como la sangre que infectaban el techo de la cabaña reflectando con fuerza en la oscuridad.   

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