martes, 9 de octubre de 2012

El ojo muerto: Alexandra (2)


Estanis se incorporó y oteó lo que sería su hogar durante los siguientes tres años: El atracadero era tan pequeño que en él sólo podía fondearse un barco. Bajo él, una pequeña playa de unos diez metros de anchura, y apenas dos metros de profundidad, toda llena de piedras, no incitaba a bañarse ni a pasear por ella.
El Alexandra llegó al muelle y atracó. El capitán amarró la gúmena a la escuálida bita del minúsculo desembarcadero. Estanis bajó del barco y corroboró que había unas escalinatas naturales, de unos diez metros de altura, que separaban la playa de la plataforma dónde debía encontrarse la cabaña.
Subió por las escaleras mientras el forzudo noruego y su enjuto ayudante bajaban las provisiones y las iban dejando en el muelle sobre una enorme transpaleta eléctrica, un costoso prototipo el cual poseía un dispositivo hidráulico capaz de elevarlo hasta los veinte metros de altura y, además, contaba con un apéndice desmontable con ruedas para desplazar la carga hasta la cabaña: “Regalo de su jefe Sr. Ibarra, por lo visto no le duele el bolsillo.” Le dijo Ola Günnar.
Llegó a la cima de la plataforma y se detuvo a contemplar el desnivel existente, quedándose pasmado y angustiado ante la caída libre que apreciaba. Pisó con firmeza el estrecho sendero empedrado perfectamente nivelado, y alzó la vista y contempló el acicalado bohío frente a sí: era una estructura totalmente hecha de madera de roble, de dimensiones grandes pero no desmesuradas que denotaban una construcción que había sobrevivido durante décadas manteniendo la misma distribución, a excepción del lateral de la vivienda ubicado en el lado izquierdo del edificio, dónde se podía intuir la adición de una estructura más reciente: “Los nazis estuvieron en esta isla. La utilizaron no sé exactamente para qué.” Le comentó el capitán Gómez sobre ella durante sus desconcertantes monólogos. A la izquierda del camino se hallaba el cobertizo dónde debería encontrarse la leña y, justo frente a él, el jardín meteorológico de unos nueve metros cuadrados de superficie. Estanis lo observó con detenimiento y comprobó que estaban todos los accesorios que le mostraron antes de su partida: “Hay está la casetilla para pájaros.” Y sonrió al recordar la canonjía del achaparrado Sr. Masfurroll: “Cómo vuelva a decir casetilla para pájaros del puntapié que le doy lo mando a la isla sin escalas. Se denomina garita, casilla o abrigo meteorológico. ¡Queda claro!  Sempre em toquen els mes maldestres cony.”  Retuvo aquella situación mientras levantaba la vista para atisbar tras la cabaña, a escasos diez metros, una reducida alameda formada por no más de veinte escuálidos álamos temblones que movían cadenciosamente sus hojas amarillentas a merced del viento.
Estanis continuó escudriñando el lugar tratando de hacerse con las distancias. Rodeó el jardín meteorológico y se dispuso a entrar en el destartalado cobertizo de madera. Abrió las puertas que chirriaron quejumbrosas, y las dejó completamente abiertas para que la atemperada claridad del atardecer nórdico le permitiese observar en la penumbra de aquel desvencijado edificio. La primera impresión le condujo a taparse la nariz: un hedor cetrino cargado de humedad dominaba el descompuesto almacén. Sus enmohecidas tablas crujían ante la tímida brisa vespertina como si las estuviese zarandeando un exacerbado temporal, y la instalación eléctrica parecía estar fuera de servicio. El hangar estaba repleto de leña de abedul, y junto a ella, alrededor de cinco bidones de cincuenta litros de gasoil para alimentar al grupo electrógeno que se hallaba en las inmediaciones de la estructura, aunque sólo sería necesario si fallaba la mini central eléctrica que se observaba a la derecha de la isla, junto al acantilado, y que, según le contó el contundente Sr. Masfurroll, se abastecía del agua del mar de Barents: “La pequeña central le concederá el suministro eléctrico necesario. Es curioso que pudiesen hacer semejante estructura hace más de sesenta años y todavía siga funcionando. Realmente curioso.” Recordó aquellas palabras y  prosiguió con la pesquisa, deteniéndose junto a un oxidado botiquín de primeros auxilios en el cual destacaba la cruz roja en un frontal y el lema Verbandkasten. Lo abrió y comprobó que estaba perfectamente equipado: “Parece que han adelantado trabajo y trajeron los medicamentos que me comentó la Srta. Ruiz.” Su falta de conocimiento del alemán no le impidió reconocer el emblema nazi grabado en los tapones de los barriles de combustible, en el cual se podía leer la palabra Kriegsmarine. Se sorprendió al comprobar la antigüedad de los utensilios que veía, más aún después del gasto en la transpaleta, pero pensó que si eran útiles, no había por qué desecharlos.
Abandonó el húmedo recinto y se encaminó hacia la cabaña. Se detuvo al pie de las escaleras y observó el alargado porche: en la parte derecha, un sillón balancín de madera de roble, con capacidad para dos o tres personas, colgaba del techado por mediación de unas gruesas cadenas de hierro, quedando su respaldo por debajo de un ventanal de dos metros de ancho. En la parte izquierda, una estrecha ventana le confirmó la impresión de que su próximo hogar estaría bien iluminado. Golpeó con sus nudillos en el pasamano y puso el pie derecho sobre el primer escalón de los tres que conformaban la diminuta escalinata, notando un chirrido al tomar contacto con él. Se detuvo, se balanceó sobre la estructura y cercioró su firmeza pese a los chirriantes quejidos. Alcanzó la cima de la serrada cuesta y se giró tratando de otear el muelle desde tan privilegiada posición, pero resultaba imposible contemplarlo: la empinada pendiente y la distancia de cien metros desde el borde del acantilado hasta la vivienda, hacían imposible su apreciación. Respiró profundamente,  embutiéndose de la paz y armonía que albergaba la isla, interrumpida levemente por las lejanas voces noruegas de sus compañeros de viaje descargando las provisiones.
Se quedó unos minutos parado disfrutando de la agradable sensación, cuando empezó a notar una inesperada frialdad que se adueñaba de su cuerpo. A pesar de ser todavía verano, el más caluroso de los últimos cien años según le dijo Ola Günnar, el sentía tanto frío que le hizo temblar. “Dios, si parece que estamos en Invierno.” Se dijo, y sin más dilación entró en la cabaña, la cual le produjo una primera impresión cautivadora: Era un lugar amplio, cálido, y acogedor. Frente a la puerta se encontraba una mesa camilla y dos sillas de madera de pino barnizadas en tono chocolate. A la izquierda de la mesa estaba el cuarto de baño, alicatado con azulejos marrones y con las losetas del mismo color. A la derecha, estaba el que sería su dormitorio. Entró en él, accionando el interruptor, y una austera bombilla le permitió observar con detenimiento la habitación: una cama de cuerpo y medio sin cabecero dominaba el fondo del cuarto, junto a ella, una sobria mesita de noche que Estanis se apresuró en alejar del catre. En la pared a la izquierda de la entrada, se hallaba un armario de pino, de dos metros de largo por dos de altura y unos setenta centímetros de fondo, barnizado en el mismo color que los muebles hallados en el recibidor. Constaba de dos puertas dobles, y dos cajones en la parte inferior. Todo estaba hecho sin demasiados alardes estéticos, pero desprendían comodidad.
Abandonó el aposento y avanzó hacia el salón, topándose con el sofá granfort de piel color chocolate, algo avejentado pero que transmitía la impresión de ser bastante cómodo. Frente a él reposaba una coqueta mesa baja rectilínea con la misma tonalidad, que se mantenía a una distancia prudencial de la pedregosa chimenea. A cada lado de ella había unos estantes hechos de piedra. En la parte de abajo, se encontraban varias cargas de leña de abedul en unos reducidos departamentos. En el estante superior de la izquierda estaba un radiotransmisor marca Hf Kenwood Ts-430 y en el de la derecha, un home cinema Philips color negro con dos altavoces, uno en cada balda, y un subwoofer pendiente de ubicación. Sobre la repisa del llar, se hallaba el televisor de plasma de cuarenta pulgadas. Estanis se extrañó al verlo tan pegado al cañón y se acercó. Lo observó detenidamente y comprobó que estaba aislado térmicamente para no dañar los aparatos eléctricos. También se fijó que de la chimenea salían pequeños tubos que se alargaban por toda la casa y que, seguramente, calentarían las estancias: “¡Qué curioso!” Exclamó, y continuó con la exploración. Giró sobre sus pasos y bajo el ventanal tras el cual se hallaba el sillón balancín del porche, halló el que sería su principal lugar de trabajo durante los tres años que debía permanecer en aquel remoto islote: un rústico escritorio de madera de roble barnizado a juego con los demás muebles encontrados en la vivienda, de casi dos metros de largo por setenta centímetros de ancho, que disponía de tres cajones superiores, un hueco central para acomodar las piernas y dos departamentos laterales. Sobre él, se hallaba el monitor LCD de dieciocho pulgadas, la torre del PC y sus accesorios, y la antena que recibiría los datos de la estación meteorológica. Se acercó y desplazó el sillón giratorio de debajo del extenso pupitre. La silla le llamó poderosamente la atención: era una Craftsman Swivel de madera de roble con el asiento tapizado en piel negra. Las baldas y los brazos de madera le daban un aspecto elegante y clásico. Una auténtica joya que parecía sacada de la última película de John Wayne. Mientras deleitaba sus recuerdos pueriles de sábados por la tarde visionando westerns en technicolor, irrumpieron los noruegos vociferando, cargados con todas las provisiones y enseres, y se dirigieron hacia la cocina para ordenarlas y meterlas en la despensa y la cámara de congelación.

-                      ¡Eh!, Sr. Ibarra. Dónde le dehamo la ropa: ¿Aquí mismo en el salón?

Estanis asintió y se dirigió a la cocina dónde Lars ya había metido todos los productos congelados en la cámara de congelación y llegaba cargando los alimentos que había que ordenar en la despensa.
La cocina era simple, pero bien montada. A la derecha, tal y como se entraba, estaban el fregadero, los calentadores de gas, el horno, así como una serie de armarios de aglomerado sobre ellos, en lo cuales se hallaba el menaje para la cocina. A la izquierda una pequeña mesa de cocina de madera con dos sillas. Al fondo había tres dependencias: en la de la izquierda estaba el cuarto lavadero de 1x1x1 con la lavadora y una secadora. En el centro estaba la cámara de congelación de 2x2x2 lacada en gris metalizado. El cuarto más a la derecha era la despensa, de dos metros de alto y fondo y uno de ancho, donde guardaría todas las conservas y productos empaquetados que Lars había ido amontonando dentro de ella sin orden ni concierto. Además, entre la alacena y la cámara de congelación se hallaba un robusto y vetusto frigorífico Kristall de fabricación alemana en tono crudo.
Giró sobre sus pasos y miró al sonriente capitán noruego que portaba en sus manos dos latas de Heineken y le ofreció una.
-                     Bueno, mi misión ha terminao aquí. Brindo por que to le vaya bien Sr. Ibarra.


Y se bebió la cerveza de un solo trago, chascando la lata y lanzándola sobre el fregadero.

-                     Le deseo suerte y que haga musha amistade aquí. ¡Ja, ja, ja!


Le dio un fuerte apretón de manos y sin más, llamó en noruego a su ayudante y tomaron camino al Alexandra con paso firme y sin dejar de lanzar atronadoras carcajadas.

-          Adió amigo, me gustaría quearme más tiempo pero llega un temporal y mis hijo esperan en casa. ¡Ja, ja, ja!

Estanis se tuvo que reír y no dejó de observar a la pareja que se alejaba hasta que los perdió de vista. Esperó unos minutos hasta que vio como el Alexandra apareció en el mar alejándose sin remisión, dejándole solo con sus pensamientos.
Regresó a la cabaña y comenzó a ordenar todo lo que tan embarulladamente le habían traído. La noche estaba desplegando su oscuro manto afilado y le pareció maravillosa. Buscó afanosamente su colección de discos. Se dirigió al home cinema y decidió poner el Evil Empire de los Rage Againts The Machine. Pensó que con la fuerza que desprendía ese álbum se le haría más liviana la tarea, y  así fue, antes de que hubiese terminado el último tema ya tenía toda la ropa ordenada en  el armario de la habitación.
Se dirigió a la cocina para ordenar la despensa y se detuvo un instante al escuchar un lastimero ruido procedente del exterior. Salió, pero no se volvió a repetir el quejoso sonido. Pensó que pudo ser la bocina del Alexandra que ya no se veía. Volvió a la puerta y tras mirar varias veces, notó un desconcertante escalofrío y regresó al resguardo de su nuevo hogar, donde los histriónicos acordes emitidos por Tony Morello mitigaron cualquier percepción opresiva. 

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