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Andropausia

La abeja se posa en la rosa. La rosa me regala espinas. Una espina resultó tramposa, y mi perra se mea en las esquinas. La miel se hizo meloja. El azahar cubrió mis cortinas. La churra se puso floja. El gato no quiere sardinas

Bucle infinito

Partiendo del hecho de que todo lo que tenga que pasar ya ha pasado, de que lo que pasa ya ha pasado, y lo que pasó ya ha pasado, la eternidad se convierte en una realidad incuestionable, y el tiempo en una invención chocante que impide la visualización correcta de las estructuras dimensionales a las cuales pertenecemos y enclaustra nuestra psique en bucles materialistas e ideas impuestas que inducen al temor a lo intangible y nos dividen para impedir que la verdad sea conocida, utilizando para ello armas camufladas tras la sátira (humor=amor, pero algunos confunden humor con producir dolor), la amistad (algunos confunden amistad con el poder de hacer lo que les plazca con los demás), o la religión como método de control e inducción del miedo: si Dios es amor, entonces todo aquel que demuestre miedo o temor ante su presencia, o su existencia, no formaría parte de lo suyos y se le negaría la entrada al paraíso.  El miedo sólo lleva a sacar lo peor de nosotros: envid...

Despierto

Luna afligida cansada, se recuesta del hombro del tiempo. Luna pendiente del lamento, se recuesta del hombro del tiempo. Y se siente palidecer, ante el clamor de la locura. Con una nube se tapó anhelando la ansiada cordura. Y no recordaba recordar. Tejiendo una densa tela tapiando su rostro bajo la arena. No deja ver los senderos, cierra el tiempo y quiere soñar. Se entristece, leyendo en el pasado. Añorando, viejos dulces olvidados. Encuentra tarros, llenos de obediencia. Los vacía,  y se conforma con mirar. Aleja al mundo,  de los secretos. En una caja vieja... lo tiene guardado.

Aléjate de la luz

Sentado en tu cama esperando algo soñado. Indiferente, caído de un techo de afiladas espinas repleto. Gritas soltando el sueño, ahogando la vida en detalles. Sintiendo que vives de ellos. Sufres y aíslas tus sentimientos. Si la luna sintiera igual que tú, quizás te alegrarías. Y a veces sueñas despierto, arrancando flores por deporte. Si el mar te quisiera proteger, quizás te asustarías. Y a veces se despierta soñando: quién sabe hacia dónde.

La carga I

Los deseos, de un tiempo de cebollas. Se marchitan, se pierden con mi sed. Y qué podría tejer con batucadas de cenizas. Y qué podría sembrar bajo el cielo de papel. Y qué podría reunir de violáceos vendavales. Y qué podría sentir si ya no puedo recordar. Desierto congelado, un laberinto urbano. Sonidos perfumados, rumiados por mí.

Delirando en la terminal

Paso largo sobre escarcha humeante, se deslizan susurros quebradizos. El café se enfría. Despistadas carreras sin sentido ahuyentando quejidos enfermizos. En ocho sermones se camufla la ocre salida esperada bajo negro nudo acolchado. Vistas cansadas de ver se evaden en una lluvia de maletas tapizadas. Junto a turbias ventanas se exhibe un cilindro de cólera domada: rancio sabor emite su oculto deseo perpetuo, cargado de bruno dolor en su espalda.

Holgazán

Perdí la vista entre re lo jes perenn es , de añil su mirada, de suelos de estr ías tapizadas con aromas de granito madurado. Inframundo perpetuo de la sinrazón maltrecha, de azabache perfilado y toreado por enanos insomnes que deglutían los gu iños melancólicos del costumbrismo monotemático: asqueado y roñoso.  

Unidos Podíamos

Deseé parar el tiempo y al veneno que nos hizo sordos. Los acordes de un baile quedo, camisa a cuadros y lazos rojos. Deseé un instante eterno, vaqueros mojados, melena en los hombros. Tu voz, tu sonrisa, un requiebro, la esquina de tu calle sin lobos. Deseé un cuadro perfecto. El universo infinito en tus ojos, la osadía de un cobarde sin miedo bajo tu ventana quemando rastrojos. Deseé blandir el viento, espantar de tu vera a los godos, acariciar con ternura tu cuello, elevarte por encima de todos. Deseé parar el tiempo. Camisa a cuadros y lazos rojos. Mi voz, tu sonrisa, un requiebro y al veneno que nos hizo sordos. 

Territorio baldío

Terraplenes, barrancos y laderas escarpadas. Me hastío, me aburro. Calamidad, sonrojo y calderas desdentadas. Soy una sombra mal vestida que languidece tras el lento tremular del último suspiro de un candil imaginario. Amarillo, azul y en ocasiones anaranjado. Indecente, maldito, decadente, proscrito, apátrida y soez. Acongojado con el ulular descompasado de la hipocresía sempiterna. Odioso y odiado, perdido y desatinado. Apabullado y angustiado por la herrumbre cotidiana que emana cada mañana de lamentos que ya no existen. Y me dejo caer. Y un carrillón toca los cuartos. Y la suerte ya está echada y al mirar por la ventana, nada queda ya, nada. Ni siquiera yo. Ni siquiera un requiebro de la última llama.

Diario de un maldito

Las gotas de rocío sobre el alfeizar rezumaban nostalgia. El travieso ronroneo de los gatos sobre el tejado, el revoloteo revoltoso de los incansables gorriones, y la calma infinita de una mañana compungida, anclada en el comienzo de un final ya decidido, se batían en aterciopelado duelo con el frenesí cafetero de un suspiro clarividente de perfidia carente. ¿Utopía?...Puede. O tan solo un resplandor titánico de sus deseos en la evaporada escarcha, o la pertinaz sequía secular de su imaginación redentora y tiránica, despistada entre los vetustos pliegues de la idolatría defenestrada, que quizás se alzara hacia el sendero del recuerdo original, el cual se diluyó en el infestado acuífero de calamidades, y cambió el romanticismo por una mortaja de azahar, marchito y recurrente, cuando su coraje peregrino se desvistió del sonambulismo inducido por el colérico temblor del destino ajeno. "¿Sueñas con tus palabras o prefieres mis caricia...