Era una fría noche de un miércoles de otoño cuando me dirigía al lugar de reunión habitual. Allí nos encontrábamos todo tipo de personajes secundarios de películas de serie B, y personajes principales de novelas no escritas. Gustábamos de beber cerveza y expresar nuestras pírricas opiniones adormecidas durante un largo periodo de hibernación mental inducido por nuestro continuo uso de sustancias inhibidoras del dolor cotidiano que producen las situaciones mundanas. Allí nos encontrábamos todos los habituales; estaba Rommel, una especie de jevi aletargado que hablaba continuamente de películas porno y que descubría día tras día, bajo su aspecto bonachón y su voz cortada por continuos gallos, que le gustaba el flamenco y que las mujeres eran un hecho inalcanzable para él. Rico era un camello de tres al cuarto, demasiado vicioso para hacerse de dinero, hablaba continuamente de mujeres y se exaltaba con cualquiera que entrase en el bar. Le gustaba marcar el territorio dejando todas sus c...