Fue en otro tiempo:
los bares, abarrotados, olían a fritura
y espuma de cerveza,
los niños corríamos por las calles de piedra
y en el cine del pueblo
echaban La guerra de las galaxias.
Salíamos imitando a Bruce Lee.
Fue en otra vida:
juntábamos chapillas para jugar al subbuteo,
de balón un botón plano en suelo raso
y de merienda, lo que tocase.
Fue hace tanto tiempo ya
que las arrugas de mi abuelo ahora son mías
y el quejío de los fandangos
es este dolor crónico que no me suelta.
¿Fue antes o es hoy?
No lo sé. Yo sigo viendo a mi abuela:
me mira desde sus gafas
y con la voz temblando me dice:
—Come chocolate.
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Su tabaco, gracias.