En sus ojos famélicos
contemplo imitaciones de Pollock,
goteos de cuando los amaneceres fueron violáceos.
Cosquillas.
Acaricio su pelo y, bajo la tibia palidez,
algo crepita:
una rosa que aprende a arder.
Vértigo.
No dice mi nombre.
Lo deja en el aire, entre su boca y la mía,
como quien pone la mesa
y espera.
Afuera amanece.
No miro de qué color.
Hambre.
Ahora, la mía.
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Su tabaco, gracias.