Déjame que beba vino
esta noche, compañera,
que no hay hombro en este mundo
que soporte ya mi pena.
Traigo el cuerpo hecho un derribo
y la voz como de tierra,
y un silencio que me muerde
si la copa se me seca.
Bebe tú también conmigo,
que te he puesto copa llena,
aunque el vino se te quede
sin probar sobre la mesa.
Se marcharon uno a uno
los amigos de las fiestas;
solo tú no tienes prisa
ni otra casa a la que vuelvas.
Que dejé de ser persona,
fui quedándome en la niebla,
y aun así, mira qué cosa,
tú, Soledad, a mi vera.
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Su tabaco, gracias.