sábado, 2 de julio de 2011

Reiniciando


El tiempo. El causante de todo. El que origina y finaliza. El que nadie siente pero todos conocen. El que pasa sin darnos cuenta. El que creemos eterno a veces, y veloz y efímero otras. El que queríamos que fuese rápido cuando niños para ser mayores y lento cuando mayores para no llegar al final. El tiempo. Todo en esta vida se para excepto él…o no.
Conocí una vez a una persona que decía que podía "parar el tiempo". Creo recordar que le dije que eso era una paranoia de Carlos Castañeda; "hacer, no hacer, parar el tiempo", pero el me dijo que era verdad, que tenía el poder de detener el tiempo a su antojo. Era una persona cuyo aspecto no denotaba nada extraño en él, excepto su mirada  fría y penetrante. Siempre se ha dicho que los ojos no engañan y este hombre decía con la mirada que era verdad lo que decía o, al menos, se lo creía, así que como no pasa nada por comprobarlo le pedí que me enseñara como lo hacía.

"¿Estás seguro?, puede que luego te arrepientas."

No creí que fuese verdad lo que decía así que le dije que sí.

"Pues en ese caso, acompáñame a donde realizo mi obra. Pero si te arrepientes será demasiado tarde."

Comenzamos a caminar por una calle estrecha mal iluminada y con basura desperdigada por el suelo. Al doblar la cuarta calle a la derecha se detuvo y dijo:

"Es aquí, sube."

Era una casa medio en ruinas, llena de pintadas y sin luz. Encendió unas velas y me invitó a sentarme en el suelo. Entró en una habitación y apareció con dos tazas con una especie de té. Me miró fijamente y me incitó a beberlo.

"Este es el paso previo, bebe, -dijo mientras se alejaba lentamente- y espera mis instrucciones."

El té tenía un sabor que casi me hace vomitar. Me costó beberlo de un trago como el decía. Justo cuando terminé de tomarlo vi como se levantaba, sonreía y se metía en una de las habitaciones de la casa semiderruida. Intenté levantarme pero me caía: las piernas no me respondían. La habitación comenzó a hacerse cada vez más pequeña. Conseguí levantarme e intenté salir de aquel tugurio, pero no encontraba la salida. A lo lejos se escuchaba una risa, una carcajada enorme que me hacía girar sobre mí sin encontrar el lugar de donde procedía. En aquel momento el miedo se apoderó de mi mente y comencé a gritar, o al menos eso creía, miré el reloj y seguía marcando la misma hora que cuando tomé el té, ¡era verdad!, se había parado el tiempo. Comencé a llamar a mi anfitrión esperando respuesta pero oía risas, risas que se burlaban de alguien. Volví a buscar la salida pero no la encontraba. La habitación se abalanzaba sobre mí y opté por tumbarme en el suelo, taparme los oídos y gritar con todas las fuerzas que pude reunir. Grité y grité hasta no poder más hasta que de repente una mano me tocó en el hombro y una voz suave y armoniosa dijo:

"Oye, ¿estás bien?"

Levanté la vista y una chica joven me miraba con cara extrañada. Estaba en medio de una plaza donde todo el mundo me miraba como si escrutase a un loco. Miré a la chica y le pregunté si había visto a aquel hombre extraño. Ella me volvió a preguntar si me encontraba bien y me dijo que conmigo no había nadie. Agaché la cabeza y vi que tenía las manos sucias y el pantalón rajado por la pernera derecha. No lograba comprender que había pasado. Miré el reloj y comprobé que habían pasado cuatro horas desde que tomé aquel brebaje vomitivo que me dio aquel individuo misterioso. Levanté la vista avergonzado viendo como la gente se reía de mí.

"¿Te pasa algo?" - dijo la chica joven.

"Perdona, no pasa nada, - contesté abrumado- ya estoy bien. Sólo me siento un poco mareado."

Me levanté y enfilé la calle que daba al Este de la plaza agachando la cabeza al ver como la gente me señalaba. Llegué a la plaza donde encontré a aquel hombre. Tomé la dirección que cogimos para tomar el brebaje y al doblar la cuarta esquina a la derecha me topé con el edificio en ruinas y sin luz. Subí por las escaleras llamándole pero nadie me contestaba. Encendí una vela y entré en la habitación donde una figura de espaldas a mí dijo en voz grave y profunda:

"¿Era verdad o mentira?"

“¡El qué!”, le respondí.

La figura se dio la vuelta con la cabeza gacha y volvió a decir:

"¿Era verdad o mentira?".  

Arrimé la vela e intenté mirarle la cara pero se alejaba, la figura comenzó a hacerse familiar.

"¡¿Qué me has dado?!" - le grité.

"Lo que me pediste. Parar el tiempo."

"Pero han pasado cuatro horas y he aparecido en medio de una plaza. Me has drogado."
 

"¿Seguro? - dijo en tono sarcástico - Mírame bien."

Se giró y apartó el pelo de su rostro dejando ver una sonrisa burlona, y cuando comprobó mi cara de sorpresa, comenzó a reírse. ¡Era yo! Caí de rodillas y empecé a llorar diciéndome que no podía ser. Me puse las manos en la cara y agaché la cabeza durante un instante, al levantar la vista me encontraba solo en la habitación. Miré el reloj y comprobé que era la hora exacta a la que tomé el té. La estancia estaba iluminada y mi pantalón en perfectas condiciones. Escuché un ruido que venía de la habitación contigua y de ella salió el tipo que me había llevado allí, que entró en el decrépito cubículo con una extraña sonrisa y al ver mi cara de sorpresa espetó:

"Y ahora ¿Me crees?"

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