sábado, 2 de julio de 2011

Almendras amargas


Siempre oyeron historias sobre el viejo caserón abandonado, pero nunca las creyeron, eran dos chicos valientes a los cuales no iban a amilanar las viejas batallitas de sus abuelos. Decidieron entrar en aquel tugurio infecto y se dirigieron a lo que fue el despacho. La habitación estaba desordenada. Una infinidad de papeles tapaban el suelo y no dejaban ver las losetas desgastadas. Los chicos comenzaron a registrar los muebles de aquel despacho destartalado. En uno de ellos encontraron una botella de lo que parecía un licor;
"¡Huele a coñac!", dijo uno de ellos.
Cogieron la botella y cambiaron de habitación alegrándose de su botín. De la planta alta de la casa bajaron tres ratas a gran velocidad y el suelo comenzó a crujir. Los chicos se pararon asustados y miraron a la escalera para comprobar que ocurría. Una sombra se divisaba en lo alto del rellano y un viento frío atravesó frenético por el medio de ambos. Se asustaron y comenzaron a temblar aunque uno de ellos llegó a decir:
"¿Quién hay ahí?".
Una voz susurró desde lo alto: "Almendras amargas".
Los chicos se miraron y volvieron a preguntar, a lo que la voz volvió a contestar: "Almendras amargas".
Los chicos pensaron que era algún amigo que les estaba gastando una broma y le espetaron: "Baja o te encerramos, ¡pringao!".
La voz volvió a contestar: "Almendras amargas".
Los chicos se enfadaron y gritaron:
"¡Ahí te quedas!".
Cerraron la puerta de la calle y se sentaron en el porche de la mugrienta casa a beberse la botella. Entre trago y trago, cigarrillo y cigarrillo, no dejaron de lanzar gritos contra la casa:
"Ahora no bebes, por pringao", mientras se carcajeaban con fuerza.
Al cabo de media hora empezaron a sentirse mal. Vomitaron y un sudor frío comenzó a recorrerles el cuerpo. Cayeron al suelo lanzando espumarajos mientras sus cuerpos realizaban terribles y dolorosas convulsiones, y en el último instante, justo cuando la vida se les escapaba, con sus ojos vidriosos y con una mueca de dolor burlesca,  vieron aparecer la figura de un hombre mayor de tez grisácea y espigado, que recogió la botella del suelo, la volvió a llenar con su aliento cetrino,  se puso frente a ellos y con una voz penetrante, y una sonrisa maquiavélica, les dijo anotando sus nombres en una libreta inacabable: "Almendras amargas".

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