Parece que fue hace un rato:
tú cruzabas la tarde con tus amigas
y dios, sin hacer ruido,
se disfrazaba de mí
en una pachanga de baloncesto.
El pueblo olía distinto,
como a pan que nadie había partido todavía,
y detrás de las persianas a medio bajar
alguien quitaba el volumen de la tele
para oírnos pasar.
Luego nadie pidió tiempo
y el reloj siguió corriendo.
Tú cambiaste de número,
de ciudad, de nombre en el buzón.
Yo me quedé tirando
a la misma canasta sin red
hasta que se hizo de noche
y nadie vino a decirme
que el partido había acabado.
Me cuentan que ganaste,
o que seguiste adelante.
Sigo aquí,
con las horas apiladas como sillas
en un bar que ya cerró,
aullándoles a las farolas
como si ellas fueran a amanecer.
Y aún me parece
que fue hace un rato.
Comentarios
Publicar un comentario
Su tabaco, gracias.