La amistad se evaporó
como el agua de un vaso
que nadie recuerda haber llenado.
El amor me besó en la frente
como quien marca una puerta
para volver de noche.
La política tenía voz de púlpito
y dientes de sacramento.
El cuerpo llevó la cuenta
que yo no quise llevar:
pastillas en fila sobre la mesilla,
un pulso que se equivoca de hora.
Donde ponía el pie, el suelo cedía;
donde miraba, alguien terminaba
de ponerse la cara.
Viví dentro de un decorado:
todos se sabían el papel menos yo.
Las paredes eran de cartón,
las sonrisas, de encargo,
y la verdad solo salía a escena
cuando venía a hacer daño.
Sigo vivo
porque creo en Dios.
Pero hasta la iglesia
echó el cerrojo
cuando oyó mis pasos.
Me quedé en la calle,
sin campanas ni incienso,
sin nadie que me diera la paz.
Y allí, a la intemperie,
encontré a Dios sentado en el bordillo,
esperándome.
No me preguntó.
No me pidió cuentas.
Solo me miró
y me ofreció un vaso.
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Su tabaco, gracias.