Me leí la relatividad en el váter,
el Corán y los Evangelios en salas de espera,
a Spinoza con hambre y a Kant con resaca.
Me lo tragué todo como las pastillas:
con agua y sin leerme el prospecto.
Ninguna me hizo efecto.
Tengo más anécdotas que dioptrías
y más silencios que anécdotas.
Ya no saco turno en la maquinita:
me sé de memoria la ventanilla
donde me toca hacer la última cola.
Pensionista y multidisciplinar,
escribo novelas, poemarios
y reclamaciones a la Seguridad Social.
Solo me contestan las reclamaciones.
Y entonces el móvil me escupe un vídeo:
un chaval desde un yate me asegura
que los límites están en la mente.
Qué suerte la suya.
Los míos están en el cuerpo:
sesenta y cinco por ciento, sellado,
con número de expediente.
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Su tabaco, gracias.