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¡Calla, chaval!

Me leí la relatividad en el váter,
el Corán y los Evangelios en salas de espera,
a Spinoza con hambre y a Kant con resaca.
Me lo tragué todo como las pastillas:
con agua y sin leerme el prospecto.
Ninguna me hizo efecto.

Tengo más anécdotas que dioptrías
y más silencios que anécdotas.
Ya no saco turno en la maquinita:
me sé de memoria la ventanilla
donde me toca hacer la última cola.

Pensionista y multidisciplinar,
escribo novelas, poemarios
y reclamaciones a la Seguridad Social.
Solo me contestan las reclamaciones.

Y entonces el móvil me escupe un vídeo:
un chaval desde un yate me asegura
que los límites están en la mente.
Qué suerte la suya.
Los míos están en el cuerpo:
sesenta y cinco por ciento, sellado,
con número de expediente.

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Dos copas

Déjame que beba vino esta noche, compañera, que no hay hombro en este mundo que soporte ya mi pena. Traigo el cuerpo hecho un derribo y la voz como de tierra, y un silencio que me muerde si la copa se me seca. Bebe tú también conmigo, que te he puesto copa llena, aunque el vino se te quede sin probar sobre la mesa. Se marcharon uno a uno los amigos de las fiestas; solo tú no tienes prisa ni otra casa a la que vuelvas. Que dejé de ser persona, fui quedándome en la niebla, y aun así, mira qué cosa, tú, Soledad, a mi vera.

A buenas horas

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