Agosto se pegaba a las persianas
y el Diamante sudaba en sus bancos de piedra.
Yo cantaba Triana con voz prestada
cuando llegaste con dos latas heladas
y una risa que se oía desde la esquina.
Me pasé a Radio Futura
y tú bailaste descalza sobre el adoquín tibio
como bailó Colometa en la Fiesta Mayor,
con miedo, hace casi un siglo.
Tú no tenías miedo de nada.
Subimos a tu ático de la calle Verdi.
El ventilador giraba vencido
y nos fuimos desnudando
con la paciencia de quien pela una naranja,
hasta que enmudecieron las terrazas.
Al alba, la persiana cortaba la luz en tiras
y tu piel sabía todavía a plaza.
Todo el bochorno de Barcelona
cabía en el hueco de tu espalda.
Abajo ya regaban las aceras.
No quisimos abrir la ventana.
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Su tabaco, gracias.