martes, 9 de abril de 2013

El camino más corto (parte 2)


"A las 23:23, llega a nuestro centro un paciente indocumentado. Posible brote psicótico. Se le administran 10mg de lorazepam por vía intravenosa, pero debido a que no remite su conducta violenta, decido sedarlo con 10mg más. El paciente prosigue con su estado alterado por lo que me veo en la necesidad de ponerle una camisa de fuerza y sedarlo nuevamente con otros 10mg. Viendo que su actitud no cesa, le administro una dosis extra de 25mg. Alrededor de las 6:00, entra en un estado de relajación controlada y permanece aislado en la consulta a la espera del diagnóstico de la Dra. Ainhoa Ramírez que inicia su turno a las 7:30. Doctor Rubén Costa".
- ¡Vaya gracia! Termina su turno, se va, y lo deja encerrado sin vigilancia.
En absoluto le sorprendía el cinismo del Dr. Costa, incluso por algunos instantes admiró la capacidad que tenía para escaquearse, pero pensó que la emergencia vivida durante la madrugada debería haber activado algún tipo de motivación extra en su comportamiento para que al menos se hubiese quedado y le hubiese comunicado los pormenores del caso. De hecho, lo que realmente la enojaba era que absolutamente nadie en el edificio pareciese importarle lo que sucedía tras la puerta de la consulta tres. 
A esas horas, habitualmente, los pasillos del centro presentaban un trajín constante de los trabajadores del turno más numeroso, aunque en los quince minutos que llevaba allí ni uno solo de ellos había hecho acto de presencia. 
Cabeceó resignada. Inspiró y, dándose ánimos, entró en la consulta. Se detuvo sondeando al enigmático paciente que se encontraba sentado con la cabeza gacha en un sillón raído, al cual se le comenzaba a ver el relleno por algunos cortes en su cubierta de piel sintética, con las piernas atadas a las patas delanteras y la cintura al cuerpo del asiento, y que presentaba un halo misterioso inducido por la tenue luz que se filtraba por la ventana que había tras él, en cuyos cristales crepitaba la lluvia a merced de la irritante ventisca. 
Se sentó sobre el escritorio de hierro y madera satinado en verde que se encontraba a su derecha, y le observó con mayor detalle: era un señor de edad avanzada, probablemente sobrepasase los setenta años, pero no estaba segura de dicha percepción. Presentaba una abundante melena despeinada y muy mal cuidada, blanquecina a simple vista, pero con un color azulado en las raíces y amarillento en las puntas en cuanto se fijaba con más detenimiento. Desprendía un olor avinagrado que se agarraba al paladar y al cual era difícil acostumbrarse sin tener que respirar por la boca con más frecuencia de lo habitual. Sus esqueléticos pies descalzos parecían haber estado enterrados en un lodazal por la mugre contenida entre sus amarillentas y enormes uñas: "¡Por Dios!" No pudo contener el gesto de repugnancia en su rostro y desplazó su vista por el despacho tratando de buscar una manera de airearlo, pero la persistente tormenta hacía imposible cualquier intento de ventilar la estancia, así que comenzó a abanicarse con el informe tratando de ahuyentar la sensación de asco que había sido incapaz de redimir, a la vez que intentaba hacerse una idea de como serían las facciones del individuo que permanecía aletargado en una postura que impedía observarle la cara. 
Lo único que consiguió ver fue una barbilla pronunciada y huesuda a modo de garfio, y un tono azulado en la piel que se intuía tras la ensortijada cabellera. No tenía más datos. No conseguía observar nada más que le sirviese de ayuda. Tan solo podía certificar que todavía se encontraba con vida al oír la chirriante respiración entrecortada, con un sonido similar al de los fuelles de los herreros cuando llevaban al rojo las ascuas, y que parecía haber incrementado su cadencia y volumen desde que accedió al cuarto. 
Ainhoa se acercó, le dijo quién era y le tocó en el hombro esperando que reaccionase, pero no consiguió resultado alguno: parecía que la cantidad de sedantes administrados a un paciente tan escuálido y avejentado le habían dejado grogui para varias horas, así que se dirigió al escritorio. Descolgó el auricular del teléfono y lo apoyó sobre su hombro izquierdo. Marcó mecánicamente el número cinco en el teclado, el cual era el atajo para comunicar con recepción, mientras observaba al paciente de soslayo, y acercó el receptor a su oreja izquierda sin escuchar tono alguno desde el otro lado. Accionó el pulsador repetidamente pero parecía que la línea estaba cortada. Dejó  el aparato en su sitio con un marcado gesto de contrariedad, y comenzó a buscar en su bolso tratando de hallar su móvil.
- brrg...oa...
Se sorprendió al creer escuchar su nombre en el susurro ininteligible proveniente del paciente, y se giró bruscamente.
- Sí. ¿Está usted despierto? Soy la doctora Ramírez. Oiga. Soy la doctora Ramírez. -repitió con más énfasis- ¿Me oye?
El paciente permaneció inmóvil sin emitir sonido alguno a parte de su chirriadora respiración.
- Parece que sigue dormido. -Dijo en voz alta a la vez que conseguía sacar su iPhone del atestado bolso de mano.- Bueno.
Se resignó momentáneamente y comenzó a buscar el número del doctor Costa en su agenda.
- ¡Noa!
El grito agudo del anciano le estremeció, y le hizo tirar el artefacto sobre el escritorio.
- Sí. Señor. ¿Se encuentra bien?
El paciente apenas se movía. Su respiración había variado la cadencia desapareciendo los molestos pitidos y haciéndose más nasal.
- Soy la doctora Ramírez. Está usted en el centro de rehabilitación del condado de Terquettá. 
El viejo enderezó levemente su cabeza y entreabrió los enrojecidos párpados tras los cuales se podían observar unos ojos penetrantes, con una fuerza inusual, que poco a poco iban escudriñando la habitación hasta fijarse en los de su interlocutora.
- ¿Se encuentra bien? -volvió a preguntar Ainhoa- Soy la doctora Ramírez. ¿Me oye?
El viejo parecía que humedeciese la boca mientras la observaba y tras una leve contracción de sus facciones contestó.
- No hace falta que lo repitas otra vez tonta de los cojones.
Ainhoa no descompuso su gesto, y tratando de no hacer caso de la violenta respuesta, continuó.
- Parece que tiene usted mal humor. ¿Sabe por qué está aquí?
El viejo no hizo el más leve gesto.
- En la pasada noche llegó usted a nuestro centro y tuvieron que sedarle. ¿Puede decirme como se llama para dirigirme a usted por su nombre? Sería más cómodo si nos presentásemos.
Una mueca burlesca hizo acto de presencia en el cadavérico rostro del anciano.
- ¿Acaso importa? Vamos. Venimos, y tan solo estamos de paso. ¿Tú estás preparada?
Ainhoa se encogió de hombros y prosiguió.
- Bueno, las preguntas las hago yo...y ahora es imprescindible saber su nombre y de dónde procede para ponernos en contacto con sus familiares, y poder hacer un diagnóstico, pero para eso necesito que usted ponga algo de su parte. ¿Lo entiende?
El viejo no alteró su gesto y pareció prestar más atención a las ataduras que le unían al sillón que a las palabras de Ainhoa.
- Odio este olor. ¿Tú no? Seguro que sí. Tú hueles bien -inspiró con lascivia- Puedo sentir el aroma a vainilla de tu desodorante, y la piel tersa que comienza a encresparse bajo tus ropas. ¡Sí! -el rostro del viejo mostró una expresión malévola- ¿No lo notas? Seguro que sí.
Ainhoa se alejó enojada.
- No creas que con tu actitud conseguirás que deje de hacer mi trabajo. Si no piensas colaborar, tendré que hacer un diagnóstico, y por la edad  que aparentas, y la manera de comportarte, no me quedará más remedio que considerar el hecho de que tengas demencia senil. Y para eso el tratamien...
- Bla, bla, bla. -interrumpió el viejo- Seguro que te pones cachonda cuando dices esas cosas. ¿Verdad? Hmmm, huelo el aroma de tu bollito desde aquí. Cómo me gustaría sentir esa sensación. 
Ainhoa  perdió la compostura y estalló.
- ¡Eres un cerdo! ¡Eres un viejo asqueroso y pervertido! ¡Me das asco! ¡Eres un hijo de...
- Tranquila, tranquila comeollas. -dijo el viejo con una sonrisa en su rostro- No es lo que tu mente cuadriculada se imagina. No creo que llegues tan lejos. 
Ainhoa se sintió abrumada por no haber podido controlar sus nervios y visiblemente ruborizada se acercó al escritorio y agarró su iPhone. Comenzó a buscar frenéticamente en la agenda hasta que dio con el icono que tenía asignado para el doctor Costa. Lo pulsó y esperó que se estableciese la llamada mientras observaba de reojo al irreverente anciano que la radiografiaba con un ademán malvado y escalofriante.
- ¿Rubencito? -dijo el viejo- No creo que conteste. Antes de dormir me di cuenta de que no tenía buen aspecto. ¡Lástima!
- ¿A qué te refieres? -preguntó Ainhoa con curiosidad.
El viejo sonrió dejando ver una dentadura enmohecida.
- ¡Contesta! -bramó Ainhoa.
La sonrisa se convirtió en una carcajada entrecortada que finalizó bruscamente.
- ¿El doctor contesta? -preguntó el viejo con ironía.
Ainhoa comprobó que había saltado el buzón de voz.
- Estará dormido. Llamaré a otros compañeros. ¡Mierda!
El iPhone se quedó sin batería y recordó que el cargador lo había dejado en la guantera de su Toyota. Volvió a coger el teléfono fijo, pero seguía sin dar línea. Tomó aire, y tratando de dominar su ánimo alterado, encaró nuevamente al incómodo anciano con la intención de prevalecer sobre él y llevar a cabo la terapia.
- Bueno cómo se llame. Parece que no tienes demencia senil, eso me ha quedado claro, por lo que la única explicación que me queda es que eres un psicópata. Así que, como estás bien atado, ahí te quedas un ratito mirando las paredes blancas y bonitas que te rodean mientras voy en busca de los enfermeros para que te trasladen al hospital más cercano y que allí te diagnostiquen como ellos crean oportuno. ¿Le ha quedado claro?
Ainhoa se giró y se dirigió a la puerta de la consulta para abandonarla, sintiéndose aliviada y con el ánimo reforzado, pero su interlocutor no quiso dejarlo ahí.
- ¿Ya te rindes? -preguntó con voz irónica y prosiguió- Todo en esta vida se puede hacer de dos maneras diferentes. Una es el camino largo y tortuoso que al final conlleva una recompensa mayor de la que podamos imaginar. La otra es el camino más corto, cuyo final siempre será agridulce y fácil de olvidar. -el viejo se detuvo un instante mientras observaba la reacción de la doctora- Yo pensaba que tú eras de las que preferían los grandes premios. Pero parece que me equivoqué. 
Ainhoa alejó la mano derecha del picaporte y recordó el principio del que se sentía orgullosa, y lo repitió mentalmente: "Siempre consigo lo que quiero, siempre consigo lo que quiero", pero mientras lo repetía, sintió como si una voz ajena a ella le dijese: "Sí, pero del otro lado, ya mismo". Y sintió que se mareaba.
- Parece que el orgullo profesional te domina. ¿No es así? Tienes que hacerlo, nunca te rindes y eres la mejor.
Ainhoa pensó para sí: "Sí, sí. Siempre gano. Soy la mejor". Pero un murmullo se mezcló con su arenga: "Sí, pero en el otro lado. Demuéstralo". Y la visión se le nubló.
- Y ese orgullo creció en la pubertad cuando no te rendiste, ¿verdad? Cuando aquellos viejos verdes te manosearon y te mancillaron, y te babosearon con aquel olor nauseabundo. Y todos lo supieron. Pero tú eras la mejor y siempre conseguías lo que te proponías y aquel dinero te ayudó a salir de aquel agujero inmundo. Y enterraste los miedos en un viejo colchón de paja, y tu orgullo creció y consiguió que nadie te humillase por ello. ¿Verdad?
Ainhoa pensó para sí: "Sí, sí. Pero gané y ahora ganaré otra vez, y siempre ganaré porque soy la mejor". Y un olor nauseabundo se fue apoderando de su olfato y su cuerpo pareció paralizarse por completo. 
- ¿Y de que te sirve ahora ese orgullo?
Una voz suave y aterciopelada se deslizó por los oídos de Ainhoa y la hizo crepitar.
- ¿Cómo te llamas carcamal?
Ainhoa trató de centrar sus pensamientos y al abrir la boca salió de ella un graznido ininteligible.
- brrg...oa...
Y frente a ella estaba ella misma con su melena cobriza y su iPhone en la mano, y una mueca malévola en su rostro.
- No guapa. Yo siempre gano.
Escuchó su voz y trató de hablar, pero su cuerpo cansado apenas podía respirar, y los pitidos chirriantes dominaban su mente y un leve susurro le decía: "Demuéstralo, demuéstralo", pero no podía. Y frente a ella estaba ella misma abriendo la puerta y saliendo de la consulta. Y Fabián que entra y le guiña un ojo con una sonrisa inquietante en su rostro impenetrable, y la levanta en peso y la sube en una camilla. Y una cremallera que sube, y una voz que le dice:
- ¿Por qué no elegiste el camino más corto?

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