viernes, 14 de diciembre de 2012

La monotonía de lo grotesco

Si tuviese que comenzar esta historia por un principio que fuese coherente, dejaría de ser un relato fidedigno de los hechos acontecidos en el lugar que mi mente quiso olvidar, y pasaría a ser una relación de situaciones carentes de interés para ser contadas, pero a menudo, la monotonía se nutre de un halo misterioso y se convierte en la mayor de las excentricidades, donde lo absurdo se une a lo racional y lo ilusorio planea con sorna sobre las mentes sin que ellas lleguen a percatarse de ello. 
No sabría puntualizar si lo que voy a contar ocurrió a hora temprana o se alargó durante toda una jornada o varias semanas, tan solo sé que comenzó con una pregunta tan común que nada en ella hacía presagiar que fuese el detonante del mecanismo que transformaría las vidas de los allí presentes para el resto de sus días: 

- ¿Está lloviendo?

La taimada chica encargada del establecimiento se restregaba los muslos con fruición ante el frío que entraba por la puerta entreabierta, y las mejillas se le ruborizaban debido al ingenuo rozar que había conseguido activar la líbido de su encendido y travieso clítoris.

- Tan solo hace frío, y mucha humedad.

Un señor de pelo canoso y rostro calavérico zapateaba sobre el felpudo tratando de entrar en calor mientras dejaba un destartalado paraguas junto a la puerta.

- Pero lloverá en breve: Júver, mi perro, no ha querido salir de casa, y él nunca se equivoca.

La chica sonrió notando un tímido escalofrío que le subió por el vientre y le hizo soltar un suspiro repentino que trató de disimular inmediatamente:

- Que nombre más raro tiene su perro. Me recuerda a la marca de zumos. Yo tuve un perro y se llamaba Bobby, es que ese nombre es más habitual, pero ¿Júver?

El señor, que parecía tener un sentido del humor poco femenino, la miró circunspecto y le contestó:

- Es que mi perro es muy hijo de puta, desde que nació, y le puse ese nombre porque me recordaba al director del FBI.

La chica comenzó a mirar de soslayo, nerviosa pero desprovista de la azarosa excitación de segundos antes, y el señor prosiguió:

- Venía a que me aclarases una situación que me trae de cabeza. Es sobre una factura que no logro encontrar y que vosotros tenéis que tener por aquí, aunque no sé si tú estás al tanto de ello, puesto que la chica que me atendió parece no estar presente, y si no la encuentro y la envío al remitente en dos días, pasarán a tomar medidas, y yo pagué esa factura.

La chica sonrió internamente y le contestó:

- Pues la verdad, mi compañera ha salido un instante y ahora vuelve, pero si usted pagó la factura, debería tener un justificante, en caso contrario, nosotros no tenemos por qué guardarlas a partir de cierta fecha. ¿Podría indicarme el año de la factura?

El señor comenzó a buscarse en los bolsillos sin tino y de manera despistada, como si buscase algo que supiese que no estaba ahí y rascándose la frente contestó:

- Pues estoy tratando de recordar la fecha exacta puesto que en la carta que he recibido no aparece reseña alguna hacía ella, pero sí puedo decirte que es de hace dos años.

- Entonces se lo puedo buscar aquí, no se preocupe. A ver.

La chica comenzó a tararear mientras buscaba en los archivos y tras varios segundos se giró hacia su interlocutor.

- ¡Ay perdone!, ¡qué despistada que soy! Qué no le he preguntado el nombre. Ya decía yo que así no daba con la factura.

El señor trató de contener un ataque de ira que hubiese sido demasiado arrollador y bajándose las enormes gafas de pasta hacía la punta de la nariz le contestó:

- Me llamo Emiliano, Emiliano Jiménez Carpintero.

La chica comenzó a revolver entre los papeles, revisándolos uno uno durante varios minutos sin dar con factura alguna que perteneciera a la persona que se encontraba frente a ella.

- ¿Está usted seguro que es de hace dos años? Aquí no aparece nada a su nombre.

El señor no perdió la compostura e insistió.

- ¿Puedes revisarlo otra vez señorita?, debe de aparecer.

La chica trató de no mostrarse molesta y comenzó a buscar nuevamente entre la multitud de documentos a la vez que le iba enseñando las facturas al señor de comportamiento rancio que parecía ir perdiendo la actitud confiada a medida que pasaban las hojas.

- No me lo explico. Estoy seguro que realicé aquella transaccion con vuestra empresa hace dos años y quedamos en que tendría un límite de veinte años para hacerla efectiva. No entiendo el por qué. Sólo espero que no la hayan extraviado.

La chica se sintió atacada: llevaba cinco años trabajando en la sucursal de su novio y la sentía como si fuese suya. Recostó la espalda en el respaldo del sillón giratorio mientras escuchaba las aseveraciones de aquel hombre tan antipático a sus ojos, y miraba a través de la ventana los tremendos nubarrones que no permitían distinguir si era de día o de noche, aunque ella sabía que fuese la hora que fuese, nunca le había oscurecido estando en el trabajo. Hastiada de las formas del estereofónico cliente que parecía un personaje sacado de las primeras novelas de Pepe Carvalho, decidió desplegar su portátil y buscar en la base de datos que tenía almacenada en él. 

- Señorita -espetó el taciturno hombre misterioso- ¿no me diga qué va a empezar a maquillarse ahora? Esto sería ya el...

La chica cortó repentinamente la cínica canonjía y visiblemente alterada replicó:

- Mire señor Emiliano. Me llamo Alba, es lo primero que tenía que haber preguntado cuando entró en esta oficina, y voy a utilizar mi portátil para ver si su factura aparece en la base de datos del ordenador. ¿Le parece bien?

Emiliano comenzó a titubear por vez primera desde que llegó al recinto y su porte orgulloso se desmoronó repentinamente. Movió su dedo índice sin saber a que punto exacto señalar y habló mientras giraba su cabeza en varias direcciones como si tratase de encontrar algo que le hiciese recuperar su maltrecha autoestima.

- ¿Ordenador? P-pensé que era un espejo para maquillarse. E-es -se mantuvo en stand by durante unos segundos con su dedo índice apoyado sobre el mostrador- Yo pensaba que...pensé que...no sé si tú podrías...es que...

Alba se mostró sorprendida ante el comportamiento que observaba y trató de suavizar la situación:

- Este es mi ordenador portátil Hp pavillion, ya los pc's se han quedado obsoletos. ¿Es que no se ha fijado usted en las películas?

Emiliano seguía traspuesto, pero logró rehacer su agravado torrente de voz y le pidió que siguiese buscando la factura. Alba buscó mientras observaba de reojo los continuos tics que aparecían en el rostro de aquel hombre que había dejado de ser un maleducado a sus ojos para convertirse en un desdichado. Tras revisar una y otra vez, incluso buscando por los apellidos, le dijo que allí no aparecía.

- Lo siento mucho señor Emiliano, no aparece su factura ni en los expedientes del año 2010 ni en los años anteriores. Si quiere puede esperar a que lleguen mis compañeros y entre todos le buscamos o tratamos de hacer memoria.

En ese preciso instante, Emiliano cambió la tonalidad de su piel a un tono grisáceo y sus ojos se volvieron en blanco. Las venas del cuello aparecían inflamadas y azuladas de tal manera que daban la impresión de estallar en cualquier momento produciendo una cascada escarlata de fluidos por todo el recinto. Se agarró la frente con su poderosa mano y cuando la sangre acumulada en su cuello llegó a su rostro convirtiéndolo en una intimidante máscara amoratada, lanzó un vendaval estentóreo:

- ¡Qué clase de broma es esta! ¡Pero usted que se cree señorita! Este es un tema muy serio para estar ahora con coñas juveniles que no hacen gracia. Déjese de chuminadas señorita y busque la puñetera factura del año 80, que ya está bien. A quién se le ocurriría poner a mujeres a llevar estos temas. Busque rápido antes de que pierda los nervios por completo. 

Alba contuvo su reacción y pensó estar frente a un desquiciado. Dio dos pasos hacia atrás impulsando el sillón y amagó con coger el móvil para llamar a la policía, pero en ese instante se abrió la puerta y una pareja joven entró en la oficina agarrotados por el frío. El chico vestía una chupa de cuero sobre una camisa a cuadros rojos y azules, y bajo ella una camiseta celeste de Nirvana. Tenía el pelo rubio y lo llevaba en unas interminables rastas. Junto a él, su acompañante iba ataviada con un traje minifalda en tono burdeos, con una rebeca de lana negra, un gorro peruano de vivos colores y unos leotardos a rayas negras sobre fondo morado. Los dos llevaban el rostro lleno de piercings y miraban a su alrededor visiblemente confundidos. 

Emiliano se giró y al verlos comenzó a retroceder mientras agarraba su paraguas y gritaba:

- ¡Que clase de broma es esta!

Alba miró a la pareja que observaba sorprendida la reacción de aquel hombre alterado y les preguntó:

- Perdonadme. ¿Queríais algo?

El chico se acercó y comenzó a hablar:

- Mira, mi novia y yo queríamos preguntarte si aquí es donde venden las entradas para el concierto de Nirvana del próximo miércoles. 

Alba contuvo la sonrisa y tras unos instantes de sorpresa les contestó:

- ¿Nirvana? Pues me parece que hace más de dieciocho años que no tenemos entradas para ver a ese grupo.

El chico titubeó. Miró a su novia. Mascullaron algo, y volvió a hablar:

- Ya sé que parece que estamos colocados, pero venimos de muy lejos para ver éste concierto y no nos hace gracia que nos tomen a broma.

Alba contuvo la respiración, entre asustada y estupefacta, y decidió llamar a la policía. 

- Mirad los tres. Yo no estoy aquí para soportar vuestras locuras, así que voy a llamar a la policía y arreglar vuestros problemas con ellos.

Emiliano enfureció mientras amenazaba con su vetusto paraguas al chico de las rastas:

- ¡Encima! ¿No tendrás valor? Me cago en mi pena negra. Y tú aléjate de mí energúmeno.

La situación comenzaba a ser caótica. Alba no conseguía contactar con la policía: "El número marcado no existe", repetía una y otra vez la operadora, y tras varios intentos desistió en su empeño y trató de dialogar con las personas que estaban en la oficina.

- Muy bien. No sé de donde se habéis escapado, pero espero que quede la cosa bien clara: ni estamos en 1980 señor Emiliano, ni Nirvana va a tocar el próximo miércoles. Nos encontramos en el mes de diciembre del año 2012. Hoy es día 22, y espero que os vengáis a razones.

Emiliano se dejó caer sobre un sillón de fieltro verde y comenzó a balbucear expresiones ininteligibles. La pareja se acercó hacia Alba y trataron de dialogar.

- Mira no sé cómo te llamas. Yo soy Klaus, vengo desde Hannover junto con mi novia Erika. Llevamos lo que va de año planeando este viaje. Hoy es seis de febrero del año 1994, y queremos comprar las entradas. No sé si lo que pasa es que no nos quieres vender las entradas o si ya las tienes reservadas, pero queremos que nos lo digas para así buscarnos la vida.

Alba sonrió y le contestó:

- Mira Klaus. Me llamo Alba, y te puedo asegurar que estamos en el año 2012. No sé que clase de drogas habréis tomado, pero lo que si sé es que Kurt Cobain murió el cinco de abril de 1994, y que si estáis de broma ya os estáis pasando, y si no lo estáis, ya me estoy asustando de verdad.

Klaus habló con su novia y le dijo lo de la muerte de Kurt. Erika comenzó a bramar en alemán y Klaus trató de remediar la situación mientras Emiliano emitía carcajadas histéricas desde el sillón.

- Mira Alba, lo de Kurt es una broma de mal gusto. Así que por favor: ¿puedes decirme si quedan entradas?

Alba notó como sus manos temblaban, y tras un intervalo de tiempo mínimo que creyó eterno, atinó a coger el portátil y buscó la biografía de Kurt Cobain en la base de datos de los grupos de rock que habían sido promocionados en su oficina. Cuando dio con ella, le dio la vuelta a la pantalla y la puso frente a la vista de los sorprendidos alemanes.

- P-pero -balbuceó el melenudo teutón- es imposible. ¿Cómo puede ser? Hoy es seis de febrero. No,no,no... Scheiße!

Alba miró a los ojos de Klaus y comprendió en aquel instante que no le estaba mintiendo. Erika lloraba desconsolada y Klaus trataba de consolarla, y Alba comenzó a sentir un miedo tan poderoso que hasta creyó sentirlo resbalar por entre los pliegues de sus muslos. Sintió estar en una nube onírica. Contemplaba los rostros de las personas que estaban junto a ella y trataba de buscar una explicación lógica a aquella situación estrambótica, pero no conseguía obtener la suficiente claridad para hallarla.
Decidió salir de la sucursal y preguntar en la calle, pero la oscuridad exterior era tan penetrante que impedía la visión. Ni siquiera supo distinguir si estaba en la calle o si todavía permanecía en el pasillo de acceso a su lugar de trabajo. Estaba confusa y nerviosa. Trató de encender un mechero pero su llama boqueaba con cada suspiro y no conseguía iluminar lo suficiente como para siquiera verse las manos.
Gritó, gritó desconsoladamente  y comenzó a palpar tratando de encontrar un punto de apoyo que le sacase de aquella pavorosa ceguera. Lloró, y balbuceó. "...y líbranos del mal", y logró dar con un hueco que daba hacia un atisbo de luz. Caminó temblorosa, musitando: "¿hay alguien ahí?...¿Klaus?", y enfiló el tenue resplandor que parecía alejarse a cada paso. Sollozó, se enfureció y sintió como su ropa comenzaba a despedazarse por debajo de sus caderas. Notó una húmeda punzada palpitante en su vagina y los jadeos entrecortados saliendo de sus labios. Trató de alcanzar el tenue brillo alejado y los rostros que en él se reflejaban, pero la inflamación de su clítoris y la excitación en su pecho le impedían avanzar. Sus mejillas ardían: "Debo llegar. Ah,ah, ah...d-debo ll-llegaaaaaaaah", y su cuerpo se convirtió en una erupción volcánica de fluidos y suspiros frenéticos que parecían estar jaleados por una comunidad de diablillos invisibles: "Sí, sí, sigue así".
Alba aisló aquellas sensaciones y avanzó hacia la única luz visible, pero ésta parecía ir disminuyendo su lumbre a cada paso que daba. Comenzó a correr, gritando: "Klaus ¡no!, ¡noooooooooo!" , pero la puerta se cerró, y sus ojos se cerraron junto a ella: "¡No, no, noooooooo!", y las voces prosiguieron: "Sí, sí sigue así".

Klaus acababa de cerrar la puerta para impedir que el frío extremo penetrase en la estancia y abrazó a Erika con ternura. Emiliano proseguía con sus lamentos sin sentido: "Naranjito, su puta madre", y la puerta volvió a abrirse. Un señor de rostro pétreo, con una sonrisa esmaltada perfecta, ataviado con un traje de seda italiano en tono gris marengo, con la camisa violeta y la corbata malva, entró presuroso en la oficina y se presentó:

- Buenos días. Soy Fele, el dueño de todo esto. Si hacen el favor de acompañarme les explicaré todo este malentendido y les compensaré. 

Klaus, Erika y Emiliano acompañaron a Fele hacia el exterior de la sucursal y tras cerrar la puerta, un tímido suspiro salió de la oscuridad: "Sí, sí, sigue así". Y un repentino crepitar tambaleó la realidad:

- Alba, ¡Alba! Despierta. En que estabas soñando para dar esos suspiros. Voy a tener que ponerme celoso.

Alba se revolvió en su asiento confundida y mirando a su novio le dijo:

- Santi, no creerás el sueño que he tenido. Era tan real que todavía estoy temblando. Un señor entró en la oficina creyendo que estaba en el año 80, y luego -Alba lanzó una carcajada- una pareja de alemanes quería comprar entradas para el concierto de Nirvana del año 94. Después todo se volvió oscuro y creí estar muerta, o incluso peor.

Santi contuvo la risa y la miró hilarante:

- Bueno, espero que no te haya visto nadie jadeando como una gatita: No, no, nooooooo...Ja,ja,ja. Para que vieras la cara que tenías puesta.

Alba se ruborizó y notó la humedad que recubría sus braguitas y la palpitación de su vagina. Se incorporó y besó a su novio.

- Por que no cerramos y nos vamos a tomar unas cañas.

Santi asintió y la cogió de la cadera mientras le susurraba algo al oído, y cuando iban a salir, un señor se les quedó mirando desde fuera y les dijo:

- Hola. Soy Fele.

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