Lo supe en los huesos, en la prisa,
en el modo de morder la luz
como quien come de pie
porque nadie le ha ofrecido una silla.
Por el peso de saberlo viví rápido:
lo quería todo, todo,
antes de que se me acabaran las manos.
Ahora miro atrás desde mi postración.
Me emociono. Río. Pero sobre todo me asusta
recordar cómo bajaban la voz al verme entrar,
cómo me medían con una cinta
que nunca tuvo mi talla.
No fui lo que querían.
Pero mi vida fue completa por dentro:
tuve un jardín que nadie supo ver,
una casa de fuego en medio del invierno.
Solo echo de menos
una silla que me esperara,
mi plato en la mesa aunque llegara tarde,
alguien que abriera la puerta
antes de que yo llamara
y no me preguntara de dónde venía.
Y aunque la nostalgia me doble,
aunque el tiempo me haya puesto de rodillas,
sigo guardando en algún bolsillo
la llave de una puerta que no existe,
o que existe en otra parte,
en un lugar al que todavía
me gustaría llegar.
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Su tabaco, gracias.